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viernes, 30 de diciembre de 2016

Johnatan Linderstörm



Biografía de Johnatan Linderstörm, personaje para partida de Blacksad.

La partida: https://youtu.be/CYmtKwDouf0

El rumor había conseguido infectar a cada uno de los sirvientes. Desde el mozo de cuadras hasta el mayordomo, desde el ama de llaves hasta el pinche, todos habían sido contagiados por su insidia. Podía respirarse, podía saborearse en el agua y sentirse a través de las espesas alfombras. Tan presente estaba en cada resquicio de la mansión que, sin que ninguno de los sirvientes hubiera traicionado la ley del silencio, el augusto y orgulloso dueño de la casa empezó a ser incómodamente consciente de su presencia. Hasta que una mañana de otoño se convenció plenamente de que aquello no se trataba de ningún rumor, sino de una verdad cierta ante la que no cabía ninguna duda.
Thomas Lindstörm, orgulloso armiño de rango abolengo, observó a su mujer embarazada de su tercer hijo. En la sonrisa de ella encontró la confirmación que necesitaba. Aquel niño no era suyo.
Corría el año 1848 y Thomas Lindstörm tenía en aquel entonces bastantes problemas con los que lidiar. Cada vez más tenía que hacer malabarismos para cuadrar unas cuentas que nunca estuvieron acostumbradas a ser exiguas. Si bien no lo parecía, pues no se privaba de ninguno de los privilegios que su estatus y su fortuna le permitían, ya que de otro modo dicho estatus hubiera quedado en entredicho. Sus latifundios en el oeste de Suecia le daban cada vez más quebraderos de cabeza, con cosechas malas que comenzaban a desmoralizar a un campesinado ya de por sí enardecido por ideas progresistas. Ideas que al señor Lindstörm le producían una mezcla de desprecio y temor.
Dado el semejante clima, el escándalo de un divorcio y una acusación de adulterio que, cierto era, no podía sostener más que con su palabra y su sospecha, eran lo último que necesitaba para mantener su posición y sus inversiones.
Por todo ello, aquella mañana de otoño, en su mansión en Oslo, el señor Lindstörm sonrió a su mujer con la fría complacencia con la que la trataba y no dijo nada.
Si el señor Lindstörm hubiera estado tan informado como el resto del personal, o hubiera decidido indagar un poco más en lugar de aplicarle a aquel tema una pátina de ignorancia y desdén, pudiera haberse enterado fácilmente que el padre más probable del niño era aquel apuesto roedor africano que hacía las veces de conductor de la calesa, y con el que la señora Lindstörm no paraba de mirarse de una forma absolutamente inequívoca.
Ante la indiferencia del patrón y el descaro de la patrona, la servidumbre sólo pudo hacer una cosa: mantener vivo el rumor con tanta fuerza que se entremetió entre las rendijas de cada mueble, entre las costuras de cada alfombra, hasta tal punto que ningún sirviente que se contratase pasaba más de dos horas en aquella casa antes de enterarse de toda la historia.
Con respecto a cuánta veracidad había en aquel rumor, no existe prueba escrita ni testimonio recogido que pueda verificarlo, tampoco que pueda desmentirlo. Pero el sorprendente parecido entre el viejo Thomas Lindstörm y su bisnieto parecen contradecir el rumor.
Rodeado de dichas dudas con respecto a su paternidad nacería Johnatan Lindstörm en enero de 1849.
El pequeño Johnatan fue criado por una institutriz fea y estricta, una cierva francesa que intentó que aprendiese latín, historia, filosofía y retórica. De ella sólo aprendió palabrotas en francés y alguna historia de marineros, contada entre dientes durante las cada vez más frecuentes borracheras, que los indolentes padres del niño se esforzaban por ignorar.
Thomas Lindstörm nunca sintió una aversión o una animadversión por el niño, al que en su fuero interno consideraba más bien una desdichada víctima de los pecados de su madre. Pero por otro lado, tampoco le mostró el mayor interés o aprecio. Distinto era para los hijos mayores, uno ya prometido y a punto de fundar su propia rama del imperio Lindstörm y otro preparándose para leer sus votos. Estos eran colmados de reconocimiento y orgullo paterno, sus ideas más peregrinas eran celebradas como grandes invenciones originales y cada modesto plan parecía augurar un futuro esplendoroso que sacaría a Suecia de aquella crisis económica que parecía iba a ahogarla.
Al contrario de lo que pueda parecer, este agravio comparativo pasaba bastante desapercibido para Johnatan, que libre de cualquier control por parte de sus padres o de su institutriz, pasaba sus días en el campo, hablando con campesinos de manos encallecidas y ojos soñadores. Estos, bastante más alfabetizados que sus homónimos del resto de Europa, habían escuchado los clamores de una revolución, y entre borracheras y chanzas fueron vertiendo en el joven su odio hacia la oligarquía corrupta y la represión religiosa que se vivía en el país.
Mucho de aquel tiempo lo pasaba Johnatan con una humilde familia de ratones de campo, los Andersson, cuyo patriarca había casi acogido al hijo de su patrón con el afecto y el paternalismo que nunca le concedió Thomas.
Cuanto más tiempo pasaba Johnatan frecuentando a aquella familia, más cómodo se sentía entre sus miembros y más incómoda era la situación para ellos. Lo que en principio era un sentimiento paternalista y afectuoso por un muchacho dejado de lado por todos, pronto empezó a mostrar sus verdaderas implicaciones.
En su ignorancia juvenil, Johnatan solía traer regalos a la familia, a la que veía pasar hambre y frío durante los duros inviernos suecos. Un día era un leño extra para la modesta chimenea, otro día eran arenques en conserva que había cogido de la cocina, alguna vez era una pequeña lata de caviar.
Honestos y temerosos, los pobres ratones no sabían cómo gestionar la gentileza del joven patrón. Por un lado, aquella situación no era desconocida para los otros campesinos, que comenzaban a rumorear y a envidiar los dones que la familia recibía. Un trato de favor tan arbitrario como es el corazón de un adolescente ignorante.
Por otro lado, rechazar aquellos obsequios no hubiera sido sólo injusto y descortés, sino que detrás de todo ello se escondía el miedo a ofender al hijo del patrón, y por extensión al patrón mismo.
La situación comenzó a tomar tintes catastróficos cuando, en plena efervescencia juvenil, el joven patrón empezó a fijarse en la delicada y modesta hija del matrimonio, una ratoncita rubia de ojos asustadizos que tenía un año más que él y que ya empezaba a llenar tímidamente la camisa. El temor se acrecentó al constatar la madre que su hija respondía favorablemente a los, cada vez menos inocentes, piropos de Johnatan.
Un día, el padre de la pequeña fue a hablar con el señor Thomas Lindstörm para expresarle sus preocupaciones. De algún modo, aquella conversación comenzó a cristalizar los rumores que durante catorce años habían impregnado la casa de los Lindstörm. La ignorancia que Thomas había demostrado hasta la fecha resultaba ser una máscara para su ira, un castillo que él creía inexpugnable pero que resultó hecho de naipes. Al retirar una sola carta de a base, el castillo se derrumbó.
Mas la ira del patriarca de los Lindstörm no era una furia roja y biliar, de gritos y venas hinchadas. Ese tipo de ira se deshincha con el tiempo, como una vela cuando ha pasado la tempestad. No. Él poseía una furia silenciosa, fría y eficaz como un bisturí.
Poco a poco, los privilegios del más joven de los Lindstörm comenzaron a desaparecer, de tan sutil manera que ninguno de los habitantes de la casa, y mucho menos el propio Johnatan, se dieron cuenta de lo que estaba pasando hasta un año más tarde cuando llegó la gran conmoción.
En la primavera de 1866, la familia Andersson fue expulsada de la hacienda de los Lindstörm. Aquel despido fulgurante e inesperado era, en realidad, parte de un plan elaborado por ambos hombres en aquella tensa conversación. El señor Lindstörm había escrito cartas de recomendación excelentes para el honesto ratoncillo y le había dado un año para encontrar un nuevo patrón. Y bien era cierto que patrones no escaseaban, pues cada vez más vacíos estaban los campos de Suecia en aquella época.
A pesar de que el arreglo fuera de común acuerdo entre el señor Lindstörm, el señor Andersson y, por supuesto, la señora Andersson, el verse obligados a abandonar la casa y las tierras que tanto tiempo habían trabajado fue un trago amargo.
Para el joven Johnatan, que en aquel año había hecho enormes progresos en su relación con la cada vez más hermosa ratoncita, la noticia fue una enorme sorpresa. Ni siquiera pudo despedirse de ella, simplemente un día ya no estaban allí.
Encolerizado por primera vez en su vida, Johnatan Lindstörm se enfrentó al terrible Thomas en favor de los Andersson. El joven, con un ardor que su padre jamás había demostrado, gritaba y gesticulaba y no paraba de esgrimir insultos franceses que tan bien había aprendido de pequeño. Impasible y flemático, Thomas respondía a sus preguntas con comentarios sutiles dirigidos al ego y al corazón del joven. Le reprochaba de forma silenciosa y sutil no haberse preocupado más por la situación económica de las tierras, que habría propiciado tal despido. No haberse formado mejor, como sus excelentísimos hermanos mayores, lo que le hubiera permitido ayudar a aquella pobre familia de una mejor manera. Pues pequeños latrocinios y obsequios baladíes no son nada para una familia que tiene que mantener a tres hijos pequeños y pensar en la dote de una hermosa hija.
Mucho más experimentado y calculador que Johnatan, aquel combate dialéctico no tenía más que un final previsible. Johnatan exigió a su padre su parte de la herencia. Thomas dibujó una media sonrisa en su rostro. Si su hijo se hubiera interesado más por los negocios de su familia, hubiera reconocido esa sonrisa de inmediato. Era la sonrisa que Thomas guardaba para sus rivales, políticos y económicos, justo antes de revelar el as bajo la manga. El patriarca sacó una cartera de piel, contó unos pocos riksdaler specie y los dejó sobre la mesa. Fue así como Johnatan descubrió que hacía meses que no formaba parte del testamento de Thomas Lindstörm.
El joven, encolerizado, cogió las monedas que su padre le había puesto sobre la mesa, cogió una muda de ropa y algunos objetos de valor de su habitación y dejó la casa para nunca más volver.
Sería hermoso decir que su madre y sus hermanos le extrañaron, que su padre se arrepintió y que aquel amor de juventud siempre estuvo pensando en él. Pero no sería cierto.
Con apenas unos riksdaler en el bolsillo y los que pudo escamotear de la venta de un candelabro de oro y un par de chucherías de plata, el joven armiño intentó probar suerte por su propia cuenta. Pero fue en ese instante cuando se dio cuenta de todos los pequeños pasos del plan de su padre.
Ninguna escuela, ningún centro de enseñanza y ninguna empresa iban a aceptarlo. Todo eran buenas caras, pero aquel apellido le vetaba cualquier oportunidad de hacerse una carrera. Con paciencia, astucia y toda su influencia, Thomas Lindstörm había cerrado casi cada puerta que podría encontrar Johnatan. Ni siquiera al cultivo podía dedicarse, pues si bien tantos años cerca de los campesinos le habían enseñado la esencia del trabajo, y mostraba gran disposición para el trabajo duro, ningún terrateniente hubiera osado insultar el apellido que portaba contratándolo.
Al final, Johnatan tomó el único camino que su padre no podía cercar: el mar. Se embarcó en una travesía hacia Londres y, desde allí, hacia la tierra de las oportunidades.
Mucho se ha discutido de las razones del gran éxodo sueco hacia Estados Unidos. En aquel tiempo, la aristocracia sueca culpó a la agresiva publicidad de las grandes navieras, que habían abaratado costes en el transporte de pasajeros gracias a los nuevos motores de vapor. Pero entre los honestos renos, los atareados roedores y los ocasionales lobos solitarios que acompañaban a Johnatan en su viaje trasatlántico, lo que el armiño sentía era esperanza y deseos de una libertad religiosa, de un respeto a la mujer y de un sistema justo para el campesinado que no podían tener en Suecia.
El propio Johnatan no sabría decir si los esperanzados textos de Gustaf Unonius, fundador de Nueva Upsala, fueron su inspiración para dirigirse a Wisconsin, o simplemente era el empuje de otros emprendedores que, al igual que él, buscaban tierra barata y buena que cultivar. Pero para cuando el joven armiño pudo llegar a la Tierra Prometida, no quedaban en sus bolsillos más que unos pocos dólares que había mal cambiado por sus riksdaler.
Incapaz de tener tierra propia, buscó entre los colonos alguien que buscara mano de obra barata, honesta y bien dispuesta para el trabajo.
Era un pequeño roedor. Ante los brutos bisontes o caballos que solían trabajar la tierra, era un alfeñique del que solían reírse los capataces. Pero su insistencia y su apellido sueco consiguieron ablandar el corazón de los Hagebak, unas gaviotas noruegas que llevaban ya una generación en los Estados Unidos, para los que estuvo trabajando durante cinco años.
Si alguien hubiera preguntado a Johnatan Lindstörm, hubiera dicho que fue la peor época de su vida. Sin un solo descanso, levantándose por la mañana, haciendo el trabajo de gentes más grandes y fuertes que él, y acostándose derrotado tras una parca comida.
En su fuero interno, no obstante, hubiera tenido que reconocer que fue la época más feliz de su vida.
En el año 1873, el patriarca de los Hagebak falleció y se repartió la tierra entre sus cuatro hijos. El penúltimo, Charles Hagebak, consciente de que el trozo de terreno que estaba heredando era tan pequeño y explotado que iba a traerle más problemas que soluciones, consiguió convencer al primogénito para que le comprara su parte y así partir de allí. Charles tenía aproximadamente la misma edad que Johnatan y, aunque el armiño no lo sabía, llevaba un tiempo sintiendo una especial inclinación por el roedor espigado y de rostro decidido que trabajaba para su padre.
Así pues, el día antes de partir de la hacienda familiar, se acercó a Johnatan. Le dijo que allí, en el campo, no había nada para la gente joven. Que las oportunidades estaban en la ciudad. Johnatan asintió, y luego le dijo que eso estaba muy bien si alguien tenía suficiente dinero como para instalarse en la ciudad. Charles le respondió que él acababa de heredar una muy buena suma. Johnatan le deseó la mejor de las suertes en la ciudad e intentó retomar su trabajo.
“Ven conmigo”, le pidió por fin. “Seremos imbatibles. Dos jóvenes con dinero en una ciudad llena de oportunidades”.
El armiño dudó, por supuesto. Pero ese ardor tan poco propio de los Lindstörm le hizo desear el sabor de la aventura, de lo inexplorado. Al día siguiente, presentó su dimisión ante el nuevo patriarca Hagebak y partió junto con Charles hacia la ciudad de Chicago.
Las informaciones de Charles Hagebak, sin embargo, estaban desfasadas. Era cierto que la ciudad había experimentado un impulso económico y un crecimiento demográfico impresionantes en los últimos cuarenta años. Y desde el gran incendio de 1871, la construcción de un nuevo centro había atraído grandes empresas del sector. Pero justo en 1873, una crisis económica había hundido la ciudad y todo se había paralizado.
Si la joven gaviota hubiera ido por su cuenta, posiblemente se hubiera estrellado y se hubiera visto obligado a volver arrastrándose al hogar familiar, como hijo pródigo ante su hermano mayor. Pero para su fortuna había escogido muy bien a su compañero de viaje.
La astucia del armiño les permitió no sólo sobrevivir, sino mantener en bastante buen estado el capital del que disponían. De ese modo, cuando, en la década de los ochenta, la construcción volvió a ponerse en marcha, la empresa de construcción Hagebak&Associated se convirtió en uno de los pilares de la construcción de una nueva y floreciente Chicago.
Johnatan contaba en aquel entonces 36 años. Estaba casado con una armiña de ascendente sueco que había trabajado como criada y que le había dado un hijo, al que llamó Charles en honor de su socio.
Durante tres años, la empresa funcionó bien y los Lindstörm pudieron vivir con holgura.
El desastre para la familia Lindstörm ocurrió el año 1888, tras una noche de borrachera de los dos nuevos ricos, Johnatan volvió a bromear con su socio acerca de la soltería de éste. Llevaba diez años haciéndole aquel tipo de bromas.
Charles no lo soportó más, y en lugar de confesar sus sentimientos, directamente besó al hombre al que llevaba toda una década amando en silencio.
Aquel fue el fin de la sociedad. Charles se quedó con la empresa, con el capital, con las acciones y el beneficio. Johnatan se llevó aquello que consideraba justo, en concepto de beneficios ganados gracias a su esfuerzo. Charles no se opuso.
No tenía ninguna duda de que, con su visión de negocios y aquel capital podría haber construido un nuevo imperio, capaz de rivalizar con el de Hagebak. Pero Johnatan no contaba con el azar, y a sus 34 años sufrió la rotura de un aneurisma cerebral, que le dejó en coma durante tres meses antes de llevárselo. Tres largos meses que bastaron para acabar con el capital amasado en aquellos años.
Dejaba atrás una mujer que llevaba muchos años sin trabajar, sin experiencia ni formación, y un hijo de 4 años.
Charles nunca se sintió culpable de lo ocurrido, pero por amor a la memoria de Johnatan, caridad y respeto a su antiguo socio les dejó una pensión a ambos. Por celos hacia la mujer de su socio, que había tenido las atenciones que él hubiera deseado, la pensión era bastante más ajustada de lo que hubiera podido permitirse.
Ella, mujer un tanto simple, nunca vio aquella pensión de otra forma que una bendición, de un acto generoso del antiguo socio de su marido.
Charlie Lindstörm creció, pues, a la sombra de un padre idealizado por su madre. Que había cruzado el charco con apenas unas monedas en el bolsillo y había construido un imperio de la nada con sus propias manos. Un hombre lleno de aspiraciones y de sueños, que les había sido arrebatado demasiado pronto.
La pensión de Hagebak les permitió vivir, pero poco más. El pequeño siempre vestía ropas humildes y mil veces remendadas, estudió en un colegio público con libros prestados y aceptó cada pequeño trabajo que pudo para poder ayudar a su madre, pronto enferma de gota y condenada a una silla de ruedas, a llegar a final de mes. Mientras tanto, la enorme casona familiar comenzaba a perder criados, las habitaciones a cerrarse y el polvo a acumularse en antigüedades que el joven no consideraba valiosas y la anciana anclas para una memoria que se le escapaba.
Con dieciséis años, Charles Linderstörm se presentó en la empresa de construcción Hagebak para pedir trabajo, tras dos meses de insistencia de su madre. El joven, asustadizo y acostumbrado a ambientes humildes, no presentó su apellido inmediatamente, y fue recibido por uno de los capataces, que en seguida lo rechazó por tener un cuerpo delgaducho y débil.
Sin el ardor que había tenido su padre, ni aquella confianza en sí mismo, no intentó insistir. Pero, para fortuna suya, estaba cerca el propio Charles. Sin reconocer al hijo de su antiguo socio, sí que recordó cuando, contando él 14 años, un joven armiño de rostro decidido se había presentado en la finca familiar intentando ocupar el puesto de caballos y bueyes. Charles convenció al capataz que le diera al chico una oportunidad y, justo después, sintió una punzada de culpa y miedo a repetir los errores del pasado y se desentendió del tema.
Así, Charles Lindstörm terminó trabajando en la empresa de su padre, en el puesto más humilde, que ostentaría el resto de su vida.
En 1904, contando Charles 20 años, en el funeral de su madre, conocería a Lisa. En aquel entonces, Lisa Humbert tenía sólo 14 años, pero ya tenía maneras de adulta y en su rostro redondeado dormía la promesa de su belleza posterior. Era la hija del pastor protestante que oficiaba el entierro, y la modestia y la severidad del acto le impidió acercarse a la jovencita, pero no fijarse en ella.
Sin la figura de su madre, que había ocupado un lugar central en la vida de Charles, la casa familiar se me hizo enorme. Cada gigantesco techo y cada habitación cerrada le recordaban la grandeza de un padre al que no conoció, y al que no era capaz de alcanzar. Su carácter sencillo no llegó tan profundo, simplemente notaba el frío, y la culpa, y no sabía exactamente de dónde provenían estos.
Por otro lado, el fallecimiento de su madre cortó de golpe la financiación que Hagebak había procurado a la familia hasta ese momento. Más ocupado en su decrepitud y en sus culpas que en otra cosa, sus asesores no dudaron un segundo en acabar con esa fuente de gasto “injustificada” en el momento en el que el primer resquicio legal se lo permitió.
Charles era incapaz de llevar una casa tan grande, de soportar la angustia emocional que se desprendía de ella y de pagar las facturas que ésta generaba. La venta del inmueble, y de los aparatosos objetos que se pudrían o llenaban de polvo en su interior, se convirtió en una prioridad ineludible. Mas el joven armiño no tenía ni los conocimientos ni la habilidad de su padre para los negocios. Y el cuidado de una madre enferma y demandante había acabado con todo conato de vida social que pudiera haber tenido.
No es de extrañar, pues, que recurriese a la única figura de autoridad de la comunidad con la que podía tener alguna cercanía, esto es, el pastor que había ofrecido las exequias por la muerte de su madre y que había sido conocido de la familia desde hacía bastantes años.
El que los ojos de Lisa atormentasen al pobre Charles durante las largas noches de insomnio en el caserón familiar quizás influyese también.
El padre Humbert, hombre tranquilo y de maneras educadas, fue mucho más agudo que Charles al adivinar los afectos que el joven comenzaba a sentir por su hija. Considerando al hombre un muchacho honrado, heredero de una propiedad que sin duda le daría cierto desahogo y suficientemente inocente y tímido como para poder ejercer una autoridad paternal sobre él, en seguida concluyó que se trataba de un muy buen partido para su pequeña. Así pues, los encuentros “accidentales” ente los jóvenes comenzaron a sucederse, con una precisión de reloj suizo.
Cuando Charles, en 1908, se acercara al padre Humbert para pedirle formalmente la mano de su hija, no tuvo que decirle ni una palabra. El párroco se le adelantó y, con una sonrisa beatífica, bendijo la unión y ofició la discretísima ceremonia.
Los Humbert, aunque familia respetada por el papel central del pastor, no era particularmente numerosa. Nadie pudo venir por la parte del novio.
La felicidad de los Lindstörm parecía sacada de un cuento moderno. Él, con su trabajo honrado y sacrificado, ella cursando los estudios para convertirse en maestra, viviendo en una casa mucho más modesta y cálida. Con la tranquilidad de la figura del pastor local y del colchón que la ventajosa venta de las propiedades del viejo Johnatan les había garantizado.
Tanta felicidad sólo podía culminarse con un hijo y, en la primavera de 1911, Lisa quedaba embarazada.
El niño nacería muerto.
Sería sólo el primero.
Sólo el espíritu tranquilo de la pareja, su apoyo constante y el amor que se profesaban pudieron evitar que aquella maldición rompiera el matrimonio. Cuatro abortos en un plazo de diez años, hasta el punto que los médicos ya habían desaconsejado muy seriamente seguir intentándolo.
Tras el amargo trago, la pareja decidió conformarse. Dios, les decía el padre Humbert, les había dado el uno al otro, y aunque estaba seguro de que serían unos padres magníficos, Él parecía tener otros planes para ellos.
En 1925, ese plan se haría realidad.
“Mi pequeño milagro”, lo llamaría siempre su madre. Un hijo inesperado a una edad que, en aquella época, no era ya esperable tener hijos. Lisa contaba 35 años y su embarazo fue considerado de alto riesgo, por los antecedentes y por la edad tardía. En contra de todo pronóstico, se produjo sin ninguna complicación.
“Mi pequeño milagro”, repetía la madre mientras acunaba la pequeña cría desnuda aún de pelaje. Un niño nacido con la sombra de cuatro hermanos muertos a sus espaldas. “Se llamará Johnatan, como mi padre” dijo Charles. Y recibió así la sombra de un abuelo transformado en leyenda como manto a llevar para toda su vida.
Johnatan Lindstörm mostró desde muy pequeño una actitud sorprendente para las matemáticas. Ignorante de la verdad, cada nuevo éxito matemático de su hijo (notas excelentes, concursos de cálculo y menciones de sus profesores) era celebrado por Charles con la misma frase. “Igualito que su abuelo”. Y justo después sonreía con orgullo de ver que aquel pequeño milagro había heredado la grandeza a la que él no se había atrevido a aspirar.
Poco podía saber él que el genio matemático de Johnatan le acercaba mucho más a Thomas, su bisabuelo, al que se parecía hasta en los gestos que realizaba.
Poco a poco, la humilde vivienda de los Lindstörm se fue rodeando de otras familias humildes, familias de inmigrantes de todos los pelajes. El pequeño armiño se sintió desde siempre desplazado por sus vecinos y compañeros de la escuela. Su miopía y su físico lo alejaban de los deportes. Su habilidad con las matemáticas lo volvía particularmente impopular. El progresivo sentimiento de prepotencia que había saltado cuatro generaciones coronaba una forma de ser que le transformaba en frecuente blanco de burlas de sus compañeros.
Para cuando estalló la guerra, el joven contaba ya catorce años. Durante un tiempo, la propaganda militar y los sueños de gloria le atraían, pero su miopía fue un impedimento para el reclutamiento y desde ese rechazo cultivó el desprecio por los estamentos militares que le habían negado su sueño de gloria.
Poco después otro sueño vendría a sustituir al ejército. Sus aptitudes matemáticas no habían pasado desapercibidas a cierta profesora de origen danés, que sentía mucho afecto por aquel roedor de apellido nórdico, y había solicitado en su nombre una beca para la prestigiosa Chicago Booth School of Business. La beca fue aceptada, para henchir aún más el orgullo de su padre y abrirle una puerta lejos de aquel barrio, cada vez más deprimido y excluyente para Johnatan.
Johnatan recordaría siempre el invierno de 1939 como la mejor época de su vida. Hasta ese momento, el joven no había dado mayor importancia al hecho de que su pelaje se teñía de blanco en invierno. Pero ese color de pelaje no había pasado desapercibido para Edward Fletcher, estudiante un año por encima suya, y líder indiscutible de una hermandad del campus universitario.
Edward, un zorro de las nieves, se acercó a Johnatan casi al principio del año escolar. Cínico y escarmentado por las bromas constantes de su entorno, al principio el armiño estuvo receloso. Pero junto a Edward venía Viola, su hermana pequeña.
“Ey, Lindstörm, porque ese es tu apellido, ¿no?”
En aquella ocasión no lo percibió, pero mucho tiempo después aquello se hizo evidente, y la evidencia contaminó todo recuerdo de la relación con los hermanos Fletcher. Cada vez que Edward pronunciaba su apellido sueco, parecía como si la boca se le llenase de orgullo.
“Escucha, Lindstörm, me han dicho que eres increíble con los números. ¿Es eso cierto?”
Para los Fletcher, nada de lo que pasaba en el campus era un secreto. Pero aquello era simplemente una evidencia: la habilidad con las matemáticas del armiño era tan conocida en el poco tiempo que llevaba allí como el color de la piedra del edificio principal.
“Mira, mi hermana Viola está en tu curso” (y aquello ya era un detalle sorprendente, pues si bien algunas mujeres estaban tomando puestos universitarios desde hacía unas décadas, la escuela de comercio no solía ser un destino sencillo), “y necesitaría que alguien le ayudase con las matemáticas”.
Sólo entonces Viola se hizo visible detrás de su hermano. Delicada, como un copo de nieve que permanece en equilibrio. La misma insolencia que muestra ese pequeño cristal, manteniéndose en pie a pesar de que la razón y la matemática dicen lo contrario, emanaba Viola con la forma en la que le caían los párpados de larguísimas pestañas, en la que dejaba que sus formas fueran visibles a pesar del casto corte del chaleco gris, en la que sus labios apenas pintados sonreían quedamente.
El corazón del armiño se aceleró, absolutamente desarmado por la sonrisa de la menor de los Fletcher.
“Además, en nuestra hermandad tenemos demasiado músculo. Quizás falta algo de cabeza, ¿no crees, Viola?”
Y Viola no respondió, porque nunca respondía a las preguntas retóricas de su hermano, sólo alzaba ligeramente una ceja y ensanchaba su sonrisa unos instantes, dejando ver por un momento unos colmillos tan blancos y hermosos como afilados.
Así fue admitido el joven Lindstörm en una hermandad donde todos los animales tenían una característica común. Eran animales invernales. Dos gemelos osos polares, que habían entrado en la escuela a través de una beca deportiva de rugby, una tigresa blanca que despreciaba a todo el mundo y leía a Schopenhauer de forma obsesiva, una coqueta paloma que salía con uno de los osos polares (y que Johnatan sospechaba que se acostaba con ambos) y los hermanos Fletcher.
Todos tenían el pelaje (o las plumas) de un blanco brillante, casi invisibles durante la primera nevada. Tenían un nombre de letras griegas, como era costumbre en el campus, pero entre ellos se hacían llamar “El Club Ártico”.
Después de las fiestas del Año Nuevo, y tras pasar muchas horas ayudando a Viola con sus ejercicios de cálculos, el hermano de ésta le invitó a su rito de iniciación.
“Mira, Lindstörm, otras hermandades deciden torturar a sus miembros más jóvenes. Hacerles pasar por ritos imbéciles e incluso peligrosos”.
“Dicen que los Tau Gamma Gamma hacen saltar a sus novatos del tejado de su sede, los muy idiotas” añadió uno de los osos, pero Johnatan no podía distinguirlos.
“Nosotros, Lindstörm, creemos que debemos protegernos entre nosotros. Debemos estar unidos.”
El armiño no preguntó contra quién porque en ese tiempo ya se había dado cuenta. Perros, gatos, ratones. Marrones, negros, anaranjados. Todos miraban al Club con desprecio, con envidia. Los profesores tenían en alta estima a los Fletcher y a la gente que los rodeaba, y si la habilidad de Johnatan con la matemática fue una magnífica primera impresión, el grupo de personas con las que había trabado amistad fue lo necesario para que sus notas y su reconocimiento despegaran.
En el dosier de Johnatan Lindstörm de ese primer año en la escuela de negocios quedó una nota unánime del profesorado como “Estudiante más prometedor de la escuela”.
Y los demás lo envidiaban. Los demás deseaban formar parte de aquella elite.
Deseaban estar cerca de Viola Fletcher.
Tan cerca como él, que cuando ella se agachaba descuidada sobre las filas de números que estudiaban juntos, dejaba que sus cabellos de un rubio casi blanco rozaran su zarpa y le embriagaran con su perfume caro y ostentoso.
Unidos contra los que son diferentes.
El rito se llevó a cabo sin mayor problema. Johnatan no dudó un solo instante.
Nunca se depuraron responsabilidades. El caso se archivó como lo que era, una novatada.
Aunque uno de los pingüinos que la sufrió hubiera tenido que ser hospitalizado durante tres semanas con quemaduras de tercer grado en el hombro y en la espalda.
Johnatan jamás se arrepintió.
El verano de 1940 sería el despertar del sueño. El principio del fin.
Como cada año, los Fletcher iban a partir a la casa de vacaciones de la familia, en la región de los Grandes Lagos, para pasar allí el verano. Johnatan, por su parte, iba a volver a casa de sus padres. Si la beca le había concedido alojamiento y matrícula, y sus buenas notas aseguraban el año siguiente, tenía que pasar el verano trabajando para poder ahorrar lo suficiente como para poder seguir el ritmo del resto del Club.
Justo antes de separarse, cuando la primavera estaba empezando, Viola Fletcher se acercó a Johnatan.
“¿Sabes? Mis padres están muy agradecidos con todo lo que me has ayudado. Estarían encantados de que vinieras con nosotros.”
Por un instante no existió absolutamente nada en el mundo de Johnatan, solamente una imagen. Viola Fletcher y él compartiendo casa durante un verano entero. Ella tumbada lánguidamente, con un ajustado traje de baño de una pieza, con aquellas piernas al fin libres de la tiranía de faldas grises. Su hermano y él sumergidos en la piscina, con sendos cócteles en cada mano, discutiendo de política o de filosofía o de deportes. Una imagen del Paraíso. Ella se sumerge en la piscina lentamente, se les acerca sin prestarles atención y, en el último instante, les riega con sus chapoteos mientras ríe y se burla de ellos por su aburrida cháchara. Su hermano se enfada y se va a por otro cóctel, el suyo se ha llenado de agua de la piscina. Ellos permanecen juntos en el agua. Viola y él. Sus pelajes flotando a su alrededor.
Y entonces lo recordó. Su pelaje se iba a volver marrón en pocas semanas.
Marrón sucio, marrón indigno.
Marrón.
Nunca recordaría las palabras que murmuró en aquel instante, una especie de disculpa con notas de gratitud. Él no las escuchó, en sus oídos palpitaban los latidos apresurados de su corazón, como martillazos ahogados o embates del mar, mientras toda su vista se oscurecía conforme huía de allí tan deprisa como pudo.
Ella quedó atrás, confundida. Nunca nadie le había negado nada a Viola Fletcher. Por primera vez en su acomodada vida, ella descubrió lo que era la frustración.
El verano llegó, y cada día le esperaba lo mismo a Johnatan. Una cita con el espejo, donde su rostro cubierto de pelaje marrón le devolvía una mirada débil y asustadiza. Antes de que amaneciera, ya salía para su primer trabajo, repartiendo pan en una maltrecha furgoneta. Después, cuando el sol empezaba a estar alto, iba a un lavado de coche a pasar la tarde, y finalmente pasaba las últimas horas del día cubriendo turnos de un botones que le pagaba una miseria por hacer su trabajo mientras se quedaba vagueando y mirando revistas pornográficas. Los fines de semana limpiaba las colillas de un autocine, y los domingos por la mañana cortaba el césped de la parroquia donde su abuelo ya no ejercía.
Un día, mientras limpiaba un deportivo particularmente llamativo, su mirada se cruzó con la del cliente. Este lo miró extrañado, con el ceño fruncido. Sin las gafas, con el pelaje marrón y sucio como estaba, no podía haberlo reconocido, ¿verdad?
El oso polar intentó agachar la cabeza para mirar mejor a través del parabrisas, pero Johnatan lanzó un cubo de agua al cristal y antes de que el otro se diera cuenta se había escurrido lejos de allí.
El mes y medio que quedaba de vacaciones fue una tortura para Johnatan. Pasaba los días trabajando, completamente desconectado, cual autómata que se dedica a realizar su tarea con la mirada perdida y sin decir una palabra. Pasaba poco tiempo en casa, y ese tiempo lo pasaba encerrado en su habitación, sin apenas comer ni dormir.
Charles intentó hablar con su hijo, decirle que no tenía que preocuparse tanto por el dinero. Que ya estaban muy orgullosos de él por todo lo que había conseguido y que todo el dinero del mundo no compensaba destrozar así su salud.
Johnatan no le contestó, se volvió y se cubrió en parte con la almohada.
¿Le había reconocido?
Por supuesto que le había reconocido.
Era imposible, la última vez que se habían visto todavía estaba cubierto de pelaje invernal.
¿Y eso qué cambiaba? Ya había visto su expresión, lo había reconocido.
Bueno, ¿y qué?
Pues que ya podía despedirse del Club.
De los privilegios.
De Viola.
¿Eso era todo? Ya se había despedido de Viola. ¿Acaso no se había dado cuenta antes? ¿Qué pensaba, permanecer toda la vida viviendo una mentira?
Un amor de invierno.
Desaparecer en verano.
Esperar a que ese pelaje vergonzoso cambiase por el blanco puro y luego volver con ella. Qué vida más lógica.
No. Sí.
¿Y Edward?
“Lindstörm” diría, y podía imaginar cómo la admiración con la que comenzaría la frase se trocaba en desprecio. “Me han dicho que has estado muy ocupado este verano...”
Recordaba lo que le hicieron a los pingüinos por tener esa repugnante mezcla de negro y blanco.
¿Qué podía esperarle a él, que había disfrutado de tanta atención, de tantos privilegios, de tanta ayuda, sin ser digno?
Sólo una cosa: venganza.
Y esa línea de pensamiento, retorcida, circular, encerraba su mente durante horas y horas, hasta que la fatiga lo encontraba acurrucado en el colchón y el despertador le arrancaba de un sueño ligero y lleno de pesadillas.
Tomó una resolución: no podía volver a la escuela. Tendría que abandonar su sueño. No podía arriesgarse a sufrir las consecuencias de aquella vergüenza que, debía admitirlo ahora, había estado ocultando incluso a sí mismo durante el invierno.
No podía arriesgarse a ver el rostro de Viola, una vez supiera la verdad.
Ahora que sabía la verdad.
El oso había telefoneado a Edward, estaba seguro. Ya estaban todos enterados. Si supieran dónde vivía, ya estarían planeando su venganza.
No. No podía volver.
Pero tampoco podía decírselo a sus padres. “Míralo, tan trabajador y emprendedor como su abuelo. ¡Qué bien hicimos en ponerte su nombre! ¡Estás honrando su memoria, hijo!”
Tendría que mantenerlo en secreto.
La vida de Johnatan Lindstörm desde 1940 hasta 1944 fue una mentira frenética y escindida en dos.
Durante los veranos volvía a casa de sus padres, esquivando sus preguntas y mintiéndoles acerca de sus resultados escolares. Se replegaba en sí mismo, evitaba mirarse en los espejos y consumía su esfuerzo y su energía trabajando duro y durmiendo poco.
Los inviernos, a escondidas de sus padres, alquilaba una habitación en Chicago y, aprovechando sus dotes para las matemáticas, estiraba todo lo que podía el dinero ganado en verano.
Enardecido por el color de su pelaje, sintiéndose libre de cualquier atadura, pasaba las noches en los bares, los días invirtiendo el dinero para conseguir más, no siempre en cosas legales. Durante esa época tuvo unas pocas amantes, de pago o no. La más recurrente era Lola, una jineta de origen mexicano a la que trataba con una mezcla de desprecio y prepotencia. Ella lo toleraba, se decía, por los regalos que él le daba y los lugares caros a los que la llevaba a cenar. En realidad le fascinaba la seguridad en sí mismo del armiño y esa sensación de poder que parecía tener cuando su pelaje estaba blanco. Él, nunca se daría cuenta, estaba fascinado y horrorizado al mismo tiempo por la brillante cola de anillos blancos y negros de la felina, que despertaba en él una mezcla explosiva de sentimientos colimados en un deseo sexual violento.
Fue la única persona de aquella época que vio a Johnatan quebrarse, y por eso mismo dejó de frecuentarla, pues desde aquel día el respeto y el deseo que había visto en aquellos ojos oscuros se transformaron en compasión, acabando con aquella forma de desearla.
Ocurriría en diciembre de 1944, poco antes de Año Nuevo. Johnatan y Lola se encontraban en el apartamento de él, desnudos. Él fumaba, ignorándola. Ella miraba el cielo a través de la ventana. En ese instante, el teléfono sonó.
“Hijo mío, por fin te encuentro”
Era su madre.
“Dime” respondió el, seco.
“Es tu padre, está en el hospital. Yo... estoy asustada, Johnatan. Los médicos no quieren decirme nada.”
La sonrisa bondadosa de su padre, las palabras de aliento y apoyo, el orgullo que mostraba cada vez que veía a su hijo ser el vivo retrato del abuelo jamás conocido, cayeron sobre los hombros de Johnatan de golpe. Una lágrima se le escapó. La limpió tan rápido como pudo. No lo suficiente como para que Lola no lo viera.
Los días siguientes fueron dinamitando la entereza de Johnatan. Su padre, que llevaba un tiempo tosiendo sin darle importancia, había tenido un acceso de tos que le había hecho sangrar. Durante varios días, estuvo ingresado en el hospital, buscando el origen del sangrado.
El diagnóstico era funesto. Cáncer.
Un mesotelioma. Un tipo de cáncer de pulmón...

sábado, 5 de septiembre de 2015

Agenesia de Corazón



Un relato antiguo, que escribí para uno de esos proyectos locos que a veces hago, que al final no llegó a nada...

El relato está escrito en estilo de Historia Clínica y se aleja mucho de mis temas y mi estilo habituales. Por eso, quizás, me gusta tanto.

Disfrutadlo.




MOTIVO DE CONSULTA: Agenesia de corazón


DATOS DE FILIACIÓN

Nombre: Luz. Apellidos: Desconocidos.
Fecha de Nacimiento: Indeterminada.
Número de Historia Clínica: 4297
Médico responsable: Dr. Juan José Hidalgo Díaz

ANTECEDENTES PERSONALES

Alergias diagnosticadas:
El dolor ajeno
Las hojas caídas en otoño
La gente que dice “sí” cuando quiere decir “no”
Enfermedades crónicas:
Soñadora
Tímida
Hábitos tóxicos:
Danzar bajo la lluvia durante horas
Mirar golosinas sin tener realmente hambre
Abrazar a todos los perros que se encuentra por la calle.
Cirugías previas: No conocidas.
Tratamientos:
Helado de tipo “chocolate”, doscientos gramos por dosis, a demanda.
Películas románticas que terminan bien, dos unidades cada cinco días aproximadamente, acompañado de dos dosis de pañuelos de papel.

ANAMNESIS POR APARATOS

Cabeza y sentidos:
Dolor de cabeza: sólo si se emborracha. Mareos, vértigos: Frecuentes porque refiere pasarse el día dando vueltas a las farolas. Pérdida de visión: Sobre todo cuando no quiere ver. Pérdida de audición: Hay cosas que prefiere no oír. Otras alteraciones de los sentidos: No. Alteraciones del habla: Balbuceos incoherentes cuando tiene que hacerse oír.
Cardiorrespiratorio:
Dolor de pecho: No. Palpitaciones: Ojalá. Sensación de ahogo: Cuando no respira. Tos: No.
Digestivo:
Náuseas y vómitos: Ante la hipocresía. Ante hablar en público. Dolor de estómago: También si tiene que hablar en público. Ardores: No. Digestiones pesadas: No habitualmente.
Reno-urinario
Molestias al orinar, escozor, dificultad para orinar: A una señorita, refiere, no se le preguntan esas cosas.
Locomotor:
Dolor de espalda: No. Dolor de miembros: Sí, dice que lo llama “agujetas”. Pérdida de fuerza: En las piernas, que le tiemblan a menudo.

ENFERMEDAD ACTUAL

Paciente de una edad indeterminada (refiere ser antigua como el tiempo y joven como el azahar en primavera), que aparenta aproximadamente veinte años. Acude refiriendo no tener corazón.

― ¿Cómo dice?
―Que no tengo corazón ―me respondió, orgullosa.
Aparté la mirada de la pantalla del ordenador y me detuve a mirar a la paciente. Ella no era capaz de sostenerme la mirada e incluso se ruborizó un poco.
― ¿A qué se refiere con que no tiene corazón?
Era la última paciente del día. Estaba citada para la una y media, eran las cinco y cuarto y yo aún no había comido. El hambre, la falta de sueño y de nuevo el hambre estaban haciendo mella en mi capacidad de concentración. De repente, me fijé en los datos de la historia clínica que había rellenado. ¿”Tratamientos: Helado”? Sacudí la cabeza, realmente confuso.
―Que no tengo corazón.
Se señaló el pecho con el dedo, muy firmemente. Para afirmar aquello sí me miró a los ojos, pero luego volvió a apartar la mirada.
―Eso ya lo escuché ―espeté.
Cómo Ser Borde Con Pacientes Poco Colaboradores. Lección uno, epígrafe seis. “Eso ya lo escuché”.
―Entonces no me pregunte de nuevo ―parecía terriblemente ofendida.
Permanecí unos minutos contemplando cómo ella se interesaba por los dibujos anatómicos que adornaban la consulta, preferentemente aquellos más lejos de mí.
―Le pregunto sobre aquello que le hace creer que no tiene corazón.
―Verá, si usted no tuviera mano, lo notaría, ¿no?
―Bueno, señorita, es que yo puedo ver mi mano.
Me miró con repentina ira.
―Está bien, doctor Listillo, ¿y si no tuviera hígado?
―Si no tuviera hígado, me moriría.
― ¿Ve entonces lo problemático de no tener corazón?
―Existe una diferencia. Es decir, si no tuviera corazón se moriría inmediatamente.
Abrió repentinamente los ojos, pálida, con los labios temblándole de puras ganas de llorar.
―No estoy diciendo que se vaya a morir ahora mismo ―dije con cansancio.
―Lo acaba de decir ―me acusó, señalándome con el dedo.
―Lo que acabo de decir es que si no tuviera corazón estaría ya muerta.
Empezó a mirar a todos lados, como un cervatillo asustado.
―A lo mejor estoy muerta ya, a lo mejor soy un fantasma. ¿Soy un fantasma? ―Me miró directamente a los ojos, con una expresión de verdadero pánico en el rostro.
Miré de reojo el montón de hojas de interconsulta. En la primera ya veía escrita la palabra “psiquiatría”. Suspiré de nuevo.
―Señorita, nunca he visto fantasmas y no voy a empezar a verlos ahora.
―Bueno, entonces ¿qué? ¿Estoy viva o muerta?
Ahogué un grito de salvaje irritación.
―Señorita, está viva. Ergo tiene corazón. Ergo no hay más discusión posible.
Estaba furibunda, tanto que me clavó la mirada y me dijo:
―Esto no funciona así, doctor Listillo. Yo tengo un problema, usted busca la razón y lo arregla. Y mi problema es que no tengo corazón.
La miré, empezando a resignarme.
―Mire, le propongo un trato, me permite comprar un sándwich de la máquina de enfrente y una cocacola light, me deja seis minutos para tomármelos y empezamos de nuevo.
― ¿No ha comido? ―Me miró incrédula.
―No. No he comido. ¿Acaso me ha visto salir de aquí?
―No lo sé, he llegado a las dos y cuarto.
Fruncí el ceño.
―Estaba citada a la una y media.
―Son las cinco y cuarto y acabo de entrar. He llegado pronto.
Tenía razón, así que me quedé en silencio. Ella comenzó a curiosear la consulta.
― ¿No iba a comer? ―Me preguntó, sin mirarme directamente.
―Hasta ahora ―dije, saliendo de la consulta.
Tardé cuatro minutos en comer. Cuando volví, ella me miraba sonriente.
― ¿Ya puede escucharme bien?
Asentí, reprimiendo un eructo con la mano. Ella señaló mi silla, apremiante. Tenía los pies descalzos sobre el asiento y se sujetaba las rodillas con el brazo. No soy religioso, pero si lo fuera, hubiera pedido paciencia a Dios y a todos sus Santos. Rodeé la mesa, me senté con calma, hice crujir mis nudillos y me puse delante del ordenador.
―Vale, está bien, como tú quieras ―dije, sin dirigirme realmente a ella―. ¿Desde cuándo nota usted estos síntomas?
Frunció el ceño.
―Me refiero a desde cuándo ―hice una pausa, renuente a decirlo―, desde cuándo no tiene corazón.
Sonrió.
― ¡Ah! ¡Eso! Creo que nunca lo he tenido.
Mis ojos se cerraron involuntariamente en un gesto que clamaba por golpearme la frente con la palma. La miré con el rostro de desesperación que guardo para pacientes especialmente insufribles, como era el caso.
―Si nunca ha tenido corazón, nunca ha podido estar viva…
Ante su cara, mezcla de sufrimiento y tozudez, alcé ambas manos en son de paz.
―Está bien, está bien. Ya redacto.

Refiere que padece este problema “desde siempre”.

― ¿Puedo preguntarle por qué no ha venido antes al médico por su problema?
―No me había dado cuenta hasta hace poco.
―“Hace poco” ¿cuánto es?
―No sé, hace poco.
―Un mes, un año, dos años, tres días, quince minutos…
―En algún momento entre hace dos años y quince minutos. O puede que fuera antes o después.
―Después no es posible.
― ¿Y por qué no? ―Me preguntó ofendida.
―Porque hace quince minutos estaba en la consulta comentándome que no tenía corazón, así que como mínimo lo sabe desde entonces.
― ¿Sabe que se gana el mote de doctor Listillo, doctor Listillo?
―Se sorprendería de la cantidad de gente que me dice eso a lo largo del día.

Al parecer, hace relativamente poco que se ha dado cuenta del problema (entre dos años y quince minutos).
No presenta síntomas acompañantes, excepto los propios de su problema, esto es: no se emociona cuando ve una pareja besándose, no siente ganas de reír cuando sale el sol después de una semana de lluvia, no nota palpitaciones cuando ve un chico guapo.

―Creo que lo que usted está describiendo es más bien anhedonia ―comento.
―No conozco ninguna Anhedonia. ¿Es simpática?
Era una de esas ocasiones en las que creo firmemente que intentan tomarme el pelo. Reprimí el impulso de buscar la cámara oculta y, dirigiéndome hacia la paciente, solté:
―Anhedonia es la incapacidad de tener sentimientos.
―Tiene voz de documental ―se rió de mí―. Debería dedicarse a grabar documentales: “Descubra medicina con el doctor Listillo”.
―Señorita, estoy haciendo lo imposible por tomarme en serio su caso, son más de las seis menos cuarto, por favor le pediría que se abstuviera, al menos, de bromear a mi costa.
Se lo dije con mirada severa, y ella se mostró auténticamente avergonzada, pero he de confesar que había tenido que reprimir una carcajada. Doctor Listillo me viene como anillo al dedo.
― ¿Algún otro síntoma?
―No, que yo sepa.
―Bien, pasemos a la camilla.

EXPLORACIÓN

Paciente consciente, orientada y colaboradora (relativamente, añadí mentalmente). Bien hidratada y perfundida. Eupneica en reposo. Normoconfigurada.

Luz era una muchacha pequeña y pizpireta. Tenía unos ojos enormes, como de cachorro, y una nariz que, sin ser bonita, le daba cierta armonía al rostro. Tendía a arrugar la barbilla cuando se entristecía.
―Siéntese en la camilla. Dejaremos la auscultación cardiaca para el final, ¿le parece bien?
―No sé. Sí, supongo que sí.
Asentí, sonriendo.

Cabeza y cuello:
Pupilas isocóricas y normorreactivas (ojos que parecían azules pero a la luz de la linterna se volvieron verdes). Mucosa orofaríngea sin alteraciones (aunque tuve problemas para observar la garganta porque no quería parar de hablar mientras le observaba y se negaba a que usara el depresor). Cuello (blanco, delgado y delicado) sin bocio, sin adenopatías, sin ingurjitación yugular. Pulsos carotídeos conservados y simétricos.
Tórax:
            Normoconfigurado. Auscultación pulmonar (puse el fonendoscopio sobre la camiseta malva que llevaba, que era lo bastante fina y, siendo una mujer joven, preferí no hacerle pasar por el apuro. Ni hacerme pasar a mí por el apuro, ya puestos), murmullo vesicular conservado bilateral, sin sonidos patológicos.
Abdomen:
(Hice que se descubriera una barriga bien formada, con un ombligo curioso adornado con un piercing rojo) Blando, depresible, sin masas, megalias ni puntos dolorosos (con cosquillas). Sin signos de irritación peritoneal. Ruidos hidroaéreos presentes.
Pulsos distales: presentes.
Exploración neurológica: Normal.

―Ahora voy a auscultarte el corazón, ¿vale?
Ella asintió.
―Si no tienes corazón, no escucharé nada. Y si no me crees, no te preocupes, que lo vas a escuchar tú misma.

Latido rítmico y regular, sin soplos ni ruidos patológicos.

―Tienes corazón.
―No. No tengo corazón.
―Acabo de escucharlo.
Me miró llena de sospecha. Ya estaba preparado para eso. Coloqué las varillas del fonendoscopio en sus oídos y luego, con cuidado, coloqué la membrana sobre el esternón.
― ¿Ves? Late. Tienes corazón.
―Escucho una especie de dum-lup.
―Son los latidos de tu corazón. Dum, sístole, lup diástole. Tienes corazón.
―No. Eso sólo demuestra que hay algo en mi pecho que hace dum-lup, pero no que eso sea mi corazón.
Estuve a punto de perder los nervios, la paciencia y la educación. No sé aún qué me reprimió, si mi sentido común o los enormes ojos de ella, que mostraban verdadero sufrimiento ante el hecho, para ella innegable, de que no tenía corazón.
― ¿Qué más quieres? Por todos los santos, ¿qué más necesitas para convencerte que tienes corazón?
―Tenerlo.
Así las cosas, a punto de berrear como un bellaco, decidí continuar. Siempre adelante, sin detenerme.
―Haremos una serie de pruebas complementarias, ¿te parece?
―No lo sé, ¿me darán un corazón?
―No. Te demostrarán que tienes uno.
No me discutió. Pero en sus ojos vi la verdad: ¿cómo podía yo demostrarle que tenía corazón si no lo tenía?

PRUEBAS COMPLEMENTARIAS

Luz miró pensativa la imagen que le devolvía la radiografía. Estaba colocada en el negatoscopio (adoro esa palabra), la enorme pantalla blanca. Mostraba el interior de Luz: sus pulmones, negros, sus costillas, blancas. El contorno de su piel se adivinaba en los bordes. Justo entre un pulmón y otro aparecía un espacio en blanco, que señalé.
―Esto es el mediastino ―dije, con mi voz de documental.
Ella asintió.
―Y esta imagen de aquí, en el mediastino, es el corazón.
Señalé una figura blanca, con forma de gota torcida hacia el pulmón izquierdo, abajo del todo. La contorneé con el dedo e incluso señalé qué borde pertenecía a la aurícula derecha y cuál al ventrículo izquierdo.
―Pero no está, ¿lo ve? No tengo corazón.
Miré la radiografía.
― ¿No lo ve?
―Veo que no está. Sólo un agujero en blanco.
―Es una radiografía, en la radiografía el corazón no se “ve”, se ve sólo el espacio que ocupa.
Me miró firmemente a los ojos, con una dureza y una seriedad que no le podía atribuir.
―Doctor Listillo, usted me enseña el hueco donde debería estar un corazón y me dice que está ahí. No es muy convincente, ¿verdad?
Respiré pacientemente. Estaba aprendiendo lo que era la paciencia con Luz. Además, tenía un as en la manga.
―Vale, está bien, quizás la radiografía sea el peor método del mundo para demostrar la existencia del corazón…
― ¿Entonces por qué me la ha hecho?
―Para estudiar su corazón. Medir el índice cardio-torácico, comprobar su morfología…
―Pero si no está.
―No le puedo explicar Radiología Clínica en cinco minutos, señorita.
Cómo Ser Borde Con Pacientes Poco Colaboradores. Lección ocho, párrafo siete: “No le puedo explicar (inserte el nombre de la materia en cuestión) en cinco minutos señora/señorita/caballero”.
―Pues no lo intente.
Lo más irritante de Luz era cuando tenía razón. Me di la vuelta por no gritarle o sonreírle y me dirigí a la mesa de mi consulta, donde guardaba el arma secreta. Entre los papeles de la historia de Luz se encontraba la prueba definitiva. Cogí la larga tira de papel plastificado y se la mostré con una sonrisa henchida de orgullo.
― ¿Ve? Tiene corazón.
― ¿Qué es esto? ―Preguntó, mirándolo como si le hubiera entregado una rata muerta.
―Es un electrocardiograma, un estudio de la actividad eléctrica cardiaca. El corazón funciona a través de ondas de voltaje que…
―“El doctor Listillo explica: el electrocardiograma, el apasionante mundo del voltaje”.
La miré con tal censura que enrojeció hasta parecer un tomate maduro. Espero que así no notase la risilla que se me había escapado.
―Simple y llanamente esto es un registro de su corazón, de cómo funciona.
Luz contempló las ondas dibujadas entre cuadrados rosas. Luego me miró. Sabía lo que iba a decirme. Lo sabía mucho antes de que lo hiciera.
―Esto sólo demuestra que hay electricidad en mi pecho, no que hay un corazón.
La contemplé, demasiado agotado para contestar. Finalmente lo había conseguido, mi mano cogió la primera de las hojas de interconsulta y comenzó a rellenarla, ante la perpleja mirada de Luz.

EVOLUCIÓN

Hoja de Interconsulta

De: Dr Hidalgo Díaz
A: Psiquiatría

Datos clínicos: Paciente de aproximadamente veinte años que acude a consulta refiriendo “ausencia de corazón”, según ella congénita, que se ha manifestado con sintomatología recientemente. En historia clínica, síntomas de anhedonia leves. Exploración física normal, exploración neurológica normal, ruego valoración.

Respuesta: Descartar patología orgánica. Un saludo.

―Tenemos que hacerle una serie de pruebas, Luz.
Estaba serio, demasiado serio. Luz me miraba con algo de temor.
― ¿Es algo malo?
―Para nada ―negué―. Simplemente quiero que le echen un vistazo los compañeros de psiquiatría.
―Los loqueros.
―No. No. Llamarlos loqueros es una estupidez. Simplemente son encargados de enfermedades que no vienen del cuerpo.
―Pero a mí me falta el corazón, eso es un problema del cuerpo.
―Luz, escúcheme bien, por favor. Hemos de descartar que padezca alguna patología psiquiátrica grave, ¿me comprende?
Asintió, no muy convencida, sin comprenderlo muy bien.
―Entonces debería verla psiquiatría, hasta aquí todo bien, ¿no?
Volvió a asentir. Hasta ahí todo mal.
―Pero quieren descartar que tenga alguna patología orgánica antes de verla, ¿comprende usted eso?
Un nuevo asentimiento, acompañado de una sonrisa. Antes de que hablase, ya sabía lo que iba a decir:
―Comprobar que no tengo corazón de verdad.
La miré directamente a los ojos, apesadumbrado. No contesté aquello. Algunos días aún me acuerdo de cómo no conteste a aquello y me siento un ser execrable. Pero eso es otra historia.
―Tenemos que hacerle una analítica de sangre, un TAC craneal y sería conveniente una punción lumbar.
―Suena doloroso ―dijo con temor.
―Sólo lo último ―admití.
― ¿Y si no quiero hacerlo?
Hay veces en las que las situaciones difíciles hacen saltar resortes de comportamientos aprendidos. Evidentemente, aquella era una de esas veces.
―Por supuesto, está en su derecho de decidir si hacerse o no una prueba, pero yo, como médico, he de…
Me cogió de ambos brazos, casi subiéndose a la mesa, me miró con sus ojos de cachorrillo y me dijo:
―Tengo miedo, ¿me comprende? Tengo miedo del dolor y de que si sigo mucho tiempo sin corazón pueda morirme, o peor seguir viva y sin corazón y entonces me muera de pena sin morirme de verdad. ¿Hasta ahí todo bien? Sólo le pido que me diga si usted cree necesario que me haga todas esas pruebas aunque sean dolorosas, y yo aceptaré, pero necesito que usted me dé su confianza porque yo no tengo de eso, ¿comprende usted eso?
Asentí lentamente. Ni comprendía ni estaba todo bien. No obstante, me recompuse como pude, cogí sus brazos con mis manos y la miré con toda la seguridad que tenía dentro, que no era mucha.
―Luz, no sé si todo esto lleva a algún sitio o no, pero es lo único que se me ocurre para ayudarle.
Nunca he sido tan sincero con un paciente y dudo que lo vuelva a ser nunca.
―Confiaré en usted, doctor Listillo ―volvió a su sitio―. Pero porque usted es el doctor Listillo, ¿eh?
Y tuve que sonreír.

PRUEBAS COMPLEMENTARIAS (2)

La analítica no fue nada. El TAC tardó en realizarse, pero no fue nada trágico. Ambas pruebas me devolvieron lo que ya sabía: una normalidad que los médicos consideramos insultante.
Pero la punción lumbar era otra cosa. La habían citado para por la tarde, en la consulta de neurología, y el día antes Luz apareció en mi consulta sin cita previa. Esperó pacientemente hasta que terminé con los citados y entonces entró en tropel, mientras me quitaba la bata.
―Tiene que venir conmigo ―me dijo, muy seria.
La miré sin comprender.
―Mañana, por la tarde, tiene que venir conmigo.
― ¿A dónde? ―Pregunté.
―A la prueba.
La miré, compasivo.
― ¿No puede acompañarle nadie?
―Venga usted, doctor. Por favor.
No me dijo que ella había confiado en mí. No hizo falta.

Luz estaba colocada de lado en la camilla. Se agarraba las rodillas con las manos y escondía la cabeza en su pecho. No podía verla, pero algo me hizo saber que había una lágrima de miedo en su mejilla. La neuróloga la tranquilizaba con palabras dulces.
―No te preocupes, pequeña. Será sólo un pinchazo, estás muy delgadita y tardaré poco.
Luz gimoteó en asentimiento. Yo estaba allí.
― ¿Es familia tuya? ―Me preguntó la neuróloga.
Negué con la cabeza.
―Es una paciente de mi consulta.
― ¿Acompañas a todos los pacientes a sus pruebas?
―Se lo pedí yo ―dijo Luz, desde el fondo del ovillo que estaba hecha―. Me da mucho miedo el dolor.
La neuróloga me lanzó una mirada que quería incitar muchas cosas y censurar aún muchas más. Yo negué serio con la cabeza.
―Simplemente no me pude negar.
No tenía más explicación.
―El doctor Listillo, que se cree un caballero andante ―soltó de improviso Luz.
La neuróloga comenzó a reírse. Yo cerré los ojos, agaché la cabeza y me preparé mentalmente. Ahora esperaría con ansiedad la primera interconsulta a nombre del “dr. Listillo”.
―Bueno, pues el doctor Listillo debería apretar la mano de la paciente, si tan caballeroso es.
Miré a la neuróloga, que me sonreía divertida. Me dirigí al otro lado y tendí mi mano a Luz. Ésta la cogió con sus dos manitas, pequeñas, de dedos finos. Estaban heladas.
―No me suelte, doctor.
―No se preocupe, Luz.
Y me descubrí arrodillado, con una mano entre sus palmas y la otra acariciando el dorso de sus manos. Unos ojillos verdes de cachorrillo me miraron desde el interior del ovillo e involuntariamente guiñé un ojo.
He de quitarme esa mala costumbre de guiñar. Algún día lo voy a pagar caro.
La punción continuó sin mayor problema, menos dolorosa de lo que Luz hubiera esperado nunca. La neuróloga contempló el frasquito con líquido cefalorraquídeo a contraluz.
―Lo voy a mandar al labo, pero ya te digo que no tiene nada.
―Lo sé ―respondí resignado.

Hoja de Interconsulta (2)

De: Dr Hidalgo Díaz
A: Psiquiatría

Datos clínicos: Paciente de aproximadamente veinte años que acude a consulta refiriendo “ausencia de corazón”, según ella congénita, que se ha manifestado con sintomatología recientemente. En historia clínica, síntomas de anhedonia leves. Exploración física normal, exploración neurológica normal. TAC normal, analítica de sangre normal, punción lumbar normal. Ruego valoración.

Respuesta: Descartar patología orgánica. Un saludo.

Aquello ya era una cuestión personal. El psiquiatra en cuestión y yo habíamos tenido alguna discusión algo amarga por casos previos, pero aquello rozaba lo poco profesional.
―Habrá que descartar primero la patología orgánica.
―Le he realizado analítica completa, “TAC” de cráneo e incluso una punción lumbar ―le respondí, con más cansancio que ira.
―No, no. Me refiero a que habrá que comprobar que tiene corazón. Doctor Listillo.
Miré al psiquiatra que, con suficiencia por encima de sus gafas de pasta naranja, me sonreía. Estaba siendo cruel adrede, como venganza por algo realmente horrible que le hubiera hecho en el pasado. Intenté refrescar mi memoria, buscando algo suficientemente malo como para semejante venganza. No encontré nada, pero me iba asegurar de que en un futuro cercano hubiese algo que se aproximase.

PRUEBAS COMPLEMENTARIAS (3)

Encontrándome ante la circunstancia que el psiquiatra se negaba a ver a la paciente, y siendo imposible para mí en ese momento sortearla para que la viese otro profesional, me encontré pidiendo un favor inesperado por la paciente más exasperante y odiosa que había tenido.
No podía hacer otra cosa.
―Sé que lo que te estoy pidiendo no es ortodoxo.
―Ni ortodoxo, ni sensato ni nada, hostias. Es una gilipollez de órdago, Juanjito.
La radióloga me miraba indignada, porque lo que estaba pidiéndole era todo lo que ella había dicho y algo más. Y porque era mi amiga.
―Doctor Listillo, si no te importa.
Soltó una carcajada desganada.
―Pero vamos a ver, Juanjo, ¿tú qué interés tienes en esa chica?
―Sabes que no. Que esto no es por eso.
―Lo sé, es lo que no me acaba de caber en la cabeza contigo.
Me encogí de hombros. Me miró mientras exhalaba por la nariz y negaba con la cabeza.
―Tanto ir por ahí con el cuento de que no tienes corazón y luego haces gilipolleces de estas.
Tuve que alzar una ceja. Maldita sea, me tienen demasiado calado. Voy a tener que buscar otro hospital donde no me conozcan.
―Espera un momento ―dije.
―Uno, dos o tres, pero no le voy a hacer una gammagrafía con talio para demostrarle que tiene corazón a una paciente sana. Que lo sepas.
― ¿Qué has dicho antes?
― ¿Qué no paras de hacer gilipolleces?
―No. Que voy por ahí diciendo que no tengo corazón.
―Ah, eso. Sí. Últimamente te ha dado por esa pollada de que no tienes corazón.
La miré, con una sonrisa algo loca.
―Creo que me has dado la solución, doctora.
Salí de allí escopetado. A lo lejos, la radióloga gritaba:
― ¡Eso se merece una caña, lo menos!

JUICIO CLÍNICO

Luz entró en la consulta. Yo estaba serio. Sé ser buen actor cuando la ocasión lo requiere.
―Siéntese. Tenemos que hablar ―dije.
Ella, tímida como un animalillo del bosque, casi trepó a la silla. Me dieron tentaciones de dejar la pantomima, pero era necesario para que aquello funcionase.
―No podemos hacer la prueba ―le solté con brusquedad.
Calculadamente brusco. Ella torció sus cejas en un gesto que parecía más de dibujos animados.
―La radióloga no puede hacerlo. No tiene sintomatología cardiaca ni nada que lo justifique. ¿Sabe acaso lo cara que es esa prueba? ―Para eso último me eché sobre la mesa, con las manos cruzadas, el ceño fruncido.
Ella negó con la cabeza.
―Pues es realmente cara. Sólo puede hacerse si está justificada, y en este caso no lo está.
Estaba al borde de las lágrimas.
― ¿Entonces qué podemos hacer, doctor?
No respondí inmediatamente.
―Lo primero que voy a hacer es pedirle perdón, Luz.
Aquello arrugó más aún su ceño.
― ¿Perdón?
―Le he sometido a pruebas, le he hecho esperar una eternidad y alguna vez he pedido la paciencia con usted.
Ella no comprendía nada.
―Pero eso se acabó. He estado releyendo con cuidado su historia clínica, ¿sabe? Y creo que he descubierto la clave de su mal.
Tenía toda su atención fijada en mí.
―Su problema no tiene nada que ver con la medicina, Luz. ¿Lo sabe?
Aquello fue un mazazo. Las lágrimas que amenazaban con salir recorrieron sus mejillas. Su barbilla se arrugó y su nariz se contrajo. En su mirada había una decepción tan honda y profunda que me rompió algo por dentro. Pero no podía detenerme.
―Eso no significa que la medicina no pueda ayudarle.
El torrente quedó contenido, un suspiro antes de derramarse.
―Hable ya, doctor Listillo.
―Habría que probar un tratamiento especial. Es experimental, pero podría funcionar.
― ¿Un tratamiento? ¿De qué tipo?
―Le voy a recetar algo que, confío, acabe con su problema.
La desconfianza brillaba en sus ojos.

PLAN

Contemplé los ojos implorantes de Luz y le sonreí. Cogí mi talonario de recetas, mi pluma favorita, y rellené una con cuidado. Estampé mi sello en ella y, como colofón, dibujé un corazón allí donde tenía que escribir el medicamento.
Sé dibujar bastante bien, lo bastante como para dibujar un corazón anatómicamente aceptable. Pero no hice eso.
Dibujé un corazón. Le di la receta a Luz y entonces comenzó a brillar como, quizás, había tenido que brillar siembre. Desde su sonrisa a sus ojos pasando por todo su rostro. Se abalanzó sobre mí tan rápido que no me di cuenta, me plantó un beso tenue en la mejilla que me rozó la comisura del labio y, antes de salir de la consulta, me miró:
―Gracias, doctor.
Tan sólo unos minutos después de que Luz se hubiera marchado noté la sonrisa que me había dejado clavada en el rostro. Entonces descubrí que no sólo Luz había conseguido un corazón aquel día.