sábado, 5 de septiembre de 2015

Agenesia de Corazón



Un relato antiguo, que escribí para uno de esos proyectos locos que a veces hago, que al final no llegó a nada...

El relato está escrito en estilo de Historia Clínica y se aleja mucho de mis temas y mi estilo habituales. Por eso, quizás, me gusta tanto.

Disfrutadlo.




MOTIVO DE CONSULTA: Agenesia de corazón


DATOS DE FILIACIÓN

Nombre: Luz. Apellidos: Desconocidos.
Fecha de Nacimiento: Indeterminada.
Número de Historia Clínica: 4297
Médico responsable: Dr. Juan José Hidalgo Díaz

ANTECEDENTES PERSONALES

Alergias diagnosticadas:
El dolor ajeno
Las hojas caídas en otoño
La gente que dice “sí” cuando quiere decir “no”
Enfermedades crónicas:
Soñadora
Tímida
Hábitos tóxicos:
Danzar bajo la lluvia durante horas
Mirar golosinas sin tener realmente hambre
Abrazar a todos los perros que se encuentra por la calle.
Cirugías previas: No conocidas.
Tratamientos:
Helado de tipo “chocolate”, doscientos gramos por dosis, a demanda.
Películas románticas que terminan bien, dos unidades cada cinco días aproximadamente, acompañado de dos dosis de pañuelos de papel.

ANAMNESIS POR APARATOS

Cabeza y sentidos:
Dolor de cabeza: sólo si se emborracha. Mareos, vértigos: Frecuentes porque refiere pasarse el día dando vueltas a las farolas. Pérdida de visión: Sobre todo cuando no quiere ver. Pérdida de audición: Hay cosas que prefiere no oír. Otras alteraciones de los sentidos: No. Alteraciones del habla: Balbuceos incoherentes cuando tiene que hacerse oír.
Cardiorrespiratorio:
Dolor de pecho: No. Palpitaciones: Ojalá. Sensación de ahogo: Cuando no respira. Tos: No.
Digestivo:
Náuseas y vómitos: Ante la hipocresía. Ante hablar en público. Dolor de estómago: También si tiene que hablar en público. Ardores: No. Digestiones pesadas: No habitualmente.
Reno-urinario
Molestias al orinar, escozor, dificultad para orinar: A una señorita, refiere, no se le preguntan esas cosas.
Locomotor:
Dolor de espalda: No. Dolor de miembros: Sí, dice que lo llama “agujetas”. Pérdida de fuerza: En las piernas, que le tiemblan a menudo.

ENFERMEDAD ACTUAL

Paciente de una edad indeterminada (refiere ser antigua como el tiempo y joven como el azahar en primavera), que aparenta aproximadamente veinte años. Acude refiriendo no tener corazón.

― ¿Cómo dice?
―Que no tengo corazón ―me respondió, orgullosa.
Aparté la mirada de la pantalla del ordenador y me detuve a mirar a la paciente. Ella no era capaz de sostenerme la mirada e incluso se ruborizó un poco.
― ¿A qué se refiere con que no tiene corazón?
Era la última paciente del día. Estaba citada para la una y media, eran las cinco y cuarto y yo aún no había comido. El hambre, la falta de sueño y de nuevo el hambre estaban haciendo mella en mi capacidad de concentración. De repente, me fijé en los datos de la historia clínica que había rellenado. ¿”Tratamientos: Helado”? Sacudí la cabeza, realmente confuso.
―Que no tengo corazón.
Se señaló el pecho con el dedo, muy firmemente. Para afirmar aquello sí me miró a los ojos, pero luego volvió a apartar la mirada.
―Eso ya lo escuché ―espeté.
Cómo Ser Borde Con Pacientes Poco Colaboradores. Lección uno, epígrafe seis. “Eso ya lo escuché”.
―Entonces no me pregunte de nuevo ―parecía terriblemente ofendida.
Permanecí unos minutos contemplando cómo ella se interesaba por los dibujos anatómicos que adornaban la consulta, preferentemente aquellos más lejos de mí.
―Le pregunto sobre aquello que le hace creer que no tiene corazón.
―Verá, si usted no tuviera mano, lo notaría, ¿no?
―Bueno, señorita, es que yo puedo ver mi mano.
Me miró con repentina ira.
―Está bien, doctor Listillo, ¿y si no tuviera hígado?
―Si no tuviera hígado, me moriría.
― ¿Ve entonces lo problemático de no tener corazón?
―Existe una diferencia. Es decir, si no tuviera corazón se moriría inmediatamente.
Abrió repentinamente los ojos, pálida, con los labios temblándole de puras ganas de llorar.
―No estoy diciendo que se vaya a morir ahora mismo ―dije con cansancio.
―Lo acaba de decir ―me acusó, señalándome con el dedo.
―Lo que acabo de decir es que si no tuviera corazón estaría ya muerta.
Empezó a mirar a todos lados, como un cervatillo asustado.
―A lo mejor estoy muerta ya, a lo mejor soy un fantasma. ¿Soy un fantasma? ―Me miró directamente a los ojos, con una expresión de verdadero pánico en el rostro.
Miré de reojo el montón de hojas de interconsulta. En la primera ya veía escrita la palabra “psiquiatría”. Suspiré de nuevo.
―Señorita, nunca he visto fantasmas y no voy a empezar a verlos ahora.
―Bueno, entonces ¿qué? ¿Estoy viva o muerta?
Ahogué un grito de salvaje irritación.
―Señorita, está viva. Ergo tiene corazón. Ergo no hay más discusión posible.
Estaba furibunda, tanto que me clavó la mirada y me dijo:
―Esto no funciona así, doctor Listillo. Yo tengo un problema, usted busca la razón y lo arregla. Y mi problema es que no tengo corazón.
La miré, empezando a resignarme.
―Mire, le propongo un trato, me permite comprar un sándwich de la máquina de enfrente y una cocacola light, me deja seis minutos para tomármelos y empezamos de nuevo.
― ¿No ha comido? ―Me miró incrédula.
―No. No he comido. ¿Acaso me ha visto salir de aquí?
―No lo sé, he llegado a las dos y cuarto.
Fruncí el ceño.
―Estaba citada a la una y media.
―Son las cinco y cuarto y acabo de entrar. He llegado pronto.
Tenía razón, así que me quedé en silencio. Ella comenzó a curiosear la consulta.
― ¿No iba a comer? ―Me preguntó, sin mirarme directamente.
―Hasta ahora ―dije, saliendo de la consulta.
Tardé cuatro minutos en comer. Cuando volví, ella me miraba sonriente.
― ¿Ya puede escucharme bien?
Asentí, reprimiendo un eructo con la mano. Ella señaló mi silla, apremiante. Tenía los pies descalzos sobre el asiento y se sujetaba las rodillas con el brazo. No soy religioso, pero si lo fuera, hubiera pedido paciencia a Dios y a todos sus Santos. Rodeé la mesa, me senté con calma, hice crujir mis nudillos y me puse delante del ordenador.
―Vale, está bien, como tú quieras ―dije, sin dirigirme realmente a ella―. ¿Desde cuándo nota usted estos síntomas?
Frunció el ceño.
―Me refiero a desde cuándo ―hice una pausa, renuente a decirlo―, desde cuándo no tiene corazón.
Sonrió.
― ¡Ah! ¡Eso! Creo que nunca lo he tenido.
Mis ojos se cerraron involuntariamente en un gesto que clamaba por golpearme la frente con la palma. La miré con el rostro de desesperación que guardo para pacientes especialmente insufribles, como era el caso.
―Si nunca ha tenido corazón, nunca ha podido estar viva…
Ante su cara, mezcla de sufrimiento y tozudez, alcé ambas manos en son de paz.
―Está bien, está bien. Ya redacto.

Refiere que padece este problema “desde siempre”.

― ¿Puedo preguntarle por qué no ha venido antes al médico por su problema?
―No me había dado cuenta hasta hace poco.
―“Hace poco” ¿cuánto es?
―No sé, hace poco.
―Un mes, un año, dos años, tres días, quince minutos…
―En algún momento entre hace dos años y quince minutos. O puede que fuera antes o después.
―Después no es posible.
― ¿Y por qué no? ―Me preguntó ofendida.
―Porque hace quince minutos estaba en la consulta comentándome que no tenía corazón, así que como mínimo lo sabe desde entonces.
― ¿Sabe que se gana el mote de doctor Listillo, doctor Listillo?
―Se sorprendería de la cantidad de gente que me dice eso a lo largo del día.

Al parecer, hace relativamente poco que se ha dado cuenta del problema (entre dos años y quince minutos).
No presenta síntomas acompañantes, excepto los propios de su problema, esto es: no se emociona cuando ve una pareja besándose, no siente ganas de reír cuando sale el sol después de una semana de lluvia, no nota palpitaciones cuando ve un chico guapo.

―Creo que lo que usted está describiendo es más bien anhedonia ―comento.
―No conozco ninguna Anhedonia. ¿Es simpática?
Era una de esas ocasiones en las que creo firmemente que intentan tomarme el pelo. Reprimí el impulso de buscar la cámara oculta y, dirigiéndome hacia la paciente, solté:
―Anhedonia es la incapacidad de tener sentimientos.
―Tiene voz de documental ―se rió de mí―. Debería dedicarse a grabar documentales: “Descubra medicina con el doctor Listillo”.
―Señorita, estoy haciendo lo imposible por tomarme en serio su caso, son más de las seis menos cuarto, por favor le pediría que se abstuviera, al menos, de bromear a mi costa.
Se lo dije con mirada severa, y ella se mostró auténticamente avergonzada, pero he de confesar que había tenido que reprimir una carcajada. Doctor Listillo me viene como anillo al dedo.
― ¿Algún otro síntoma?
―No, que yo sepa.
―Bien, pasemos a la camilla.

EXPLORACIÓN

Paciente consciente, orientada y colaboradora (relativamente, añadí mentalmente). Bien hidratada y perfundida. Eupneica en reposo. Normoconfigurada.

Luz era una muchacha pequeña y pizpireta. Tenía unos ojos enormes, como de cachorro, y una nariz que, sin ser bonita, le daba cierta armonía al rostro. Tendía a arrugar la barbilla cuando se entristecía.
―Siéntese en la camilla. Dejaremos la auscultación cardiaca para el final, ¿le parece bien?
―No sé. Sí, supongo que sí.
Asentí, sonriendo.

Cabeza y cuello:
Pupilas isocóricas y normorreactivas (ojos que parecían azules pero a la luz de la linterna se volvieron verdes). Mucosa orofaríngea sin alteraciones (aunque tuve problemas para observar la garganta porque no quería parar de hablar mientras le observaba y se negaba a que usara el depresor). Cuello (blanco, delgado y delicado) sin bocio, sin adenopatías, sin ingurjitación yugular. Pulsos carotídeos conservados y simétricos.
Tórax:
            Normoconfigurado. Auscultación pulmonar (puse el fonendoscopio sobre la camiseta malva que llevaba, que era lo bastante fina y, siendo una mujer joven, preferí no hacerle pasar por el apuro. Ni hacerme pasar a mí por el apuro, ya puestos), murmullo vesicular conservado bilateral, sin sonidos patológicos.
Abdomen:
(Hice que se descubriera una barriga bien formada, con un ombligo curioso adornado con un piercing rojo) Blando, depresible, sin masas, megalias ni puntos dolorosos (con cosquillas). Sin signos de irritación peritoneal. Ruidos hidroaéreos presentes.
Pulsos distales: presentes.
Exploración neurológica: Normal.

―Ahora voy a auscultarte el corazón, ¿vale?
Ella asintió.
―Si no tienes corazón, no escucharé nada. Y si no me crees, no te preocupes, que lo vas a escuchar tú misma.

Latido rítmico y regular, sin soplos ni ruidos patológicos.

―Tienes corazón.
―No. No tengo corazón.
―Acabo de escucharlo.
Me miró llena de sospecha. Ya estaba preparado para eso. Coloqué las varillas del fonendoscopio en sus oídos y luego, con cuidado, coloqué la membrana sobre el esternón.
― ¿Ves? Late. Tienes corazón.
―Escucho una especie de dum-lup.
―Son los latidos de tu corazón. Dum, sístole, lup diástole. Tienes corazón.
―No. Eso sólo demuestra que hay algo en mi pecho que hace dum-lup, pero no que eso sea mi corazón.
Estuve a punto de perder los nervios, la paciencia y la educación. No sé aún qué me reprimió, si mi sentido común o los enormes ojos de ella, que mostraban verdadero sufrimiento ante el hecho, para ella innegable, de que no tenía corazón.
― ¿Qué más quieres? Por todos los santos, ¿qué más necesitas para convencerte que tienes corazón?
―Tenerlo.
Así las cosas, a punto de berrear como un bellaco, decidí continuar. Siempre adelante, sin detenerme.
―Haremos una serie de pruebas complementarias, ¿te parece?
―No lo sé, ¿me darán un corazón?
―No. Te demostrarán que tienes uno.
No me discutió. Pero en sus ojos vi la verdad: ¿cómo podía yo demostrarle que tenía corazón si no lo tenía?

PRUEBAS COMPLEMENTARIAS

Luz miró pensativa la imagen que le devolvía la radiografía. Estaba colocada en el negatoscopio (adoro esa palabra), la enorme pantalla blanca. Mostraba el interior de Luz: sus pulmones, negros, sus costillas, blancas. El contorno de su piel se adivinaba en los bordes. Justo entre un pulmón y otro aparecía un espacio en blanco, que señalé.
―Esto es el mediastino ―dije, con mi voz de documental.
Ella asintió.
―Y esta imagen de aquí, en el mediastino, es el corazón.
Señalé una figura blanca, con forma de gota torcida hacia el pulmón izquierdo, abajo del todo. La contorneé con el dedo e incluso señalé qué borde pertenecía a la aurícula derecha y cuál al ventrículo izquierdo.
―Pero no está, ¿lo ve? No tengo corazón.
Miré la radiografía.
― ¿No lo ve?
―Veo que no está. Sólo un agujero en blanco.
―Es una radiografía, en la radiografía el corazón no se “ve”, se ve sólo el espacio que ocupa.
Me miró firmemente a los ojos, con una dureza y una seriedad que no le podía atribuir.
―Doctor Listillo, usted me enseña el hueco donde debería estar un corazón y me dice que está ahí. No es muy convincente, ¿verdad?
Respiré pacientemente. Estaba aprendiendo lo que era la paciencia con Luz. Además, tenía un as en la manga.
―Vale, está bien, quizás la radiografía sea el peor método del mundo para demostrar la existencia del corazón…
― ¿Entonces por qué me la ha hecho?
―Para estudiar su corazón. Medir el índice cardio-torácico, comprobar su morfología…
―Pero si no está.
―No le puedo explicar Radiología Clínica en cinco minutos, señorita.
Cómo Ser Borde Con Pacientes Poco Colaboradores. Lección ocho, párrafo siete: “No le puedo explicar (inserte el nombre de la materia en cuestión) en cinco minutos señora/señorita/caballero”.
―Pues no lo intente.
Lo más irritante de Luz era cuando tenía razón. Me di la vuelta por no gritarle o sonreírle y me dirigí a la mesa de mi consulta, donde guardaba el arma secreta. Entre los papeles de la historia de Luz se encontraba la prueba definitiva. Cogí la larga tira de papel plastificado y se la mostré con una sonrisa henchida de orgullo.
― ¿Ve? Tiene corazón.
― ¿Qué es esto? ―Preguntó, mirándolo como si le hubiera entregado una rata muerta.
―Es un electrocardiograma, un estudio de la actividad eléctrica cardiaca. El corazón funciona a través de ondas de voltaje que…
―“El doctor Listillo explica: el electrocardiograma, el apasionante mundo del voltaje”.
La miré con tal censura que enrojeció hasta parecer un tomate maduro. Espero que así no notase la risilla que se me había escapado.
―Simple y llanamente esto es un registro de su corazón, de cómo funciona.
Luz contempló las ondas dibujadas entre cuadrados rosas. Luego me miró. Sabía lo que iba a decirme. Lo sabía mucho antes de que lo hiciera.
―Esto sólo demuestra que hay electricidad en mi pecho, no que hay un corazón.
La contemplé, demasiado agotado para contestar. Finalmente lo había conseguido, mi mano cogió la primera de las hojas de interconsulta y comenzó a rellenarla, ante la perpleja mirada de Luz.

EVOLUCIÓN

Hoja de Interconsulta

De: Dr Hidalgo Díaz
A: Psiquiatría

Datos clínicos: Paciente de aproximadamente veinte años que acude a consulta refiriendo “ausencia de corazón”, según ella congénita, que se ha manifestado con sintomatología recientemente. En historia clínica, síntomas de anhedonia leves. Exploración física normal, exploración neurológica normal, ruego valoración.

Respuesta: Descartar patología orgánica. Un saludo.

―Tenemos que hacerle una serie de pruebas, Luz.
Estaba serio, demasiado serio. Luz me miraba con algo de temor.
― ¿Es algo malo?
―Para nada ―negué―. Simplemente quiero que le echen un vistazo los compañeros de psiquiatría.
―Los loqueros.
―No. No. Llamarlos loqueros es una estupidez. Simplemente son encargados de enfermedades que no vienen del cuerpo.
―Pero a mí me falta el corazón, eso es un problema del cuerpo.
―Luz, escúcheme bien, por favor. Hemos de descartar que padezca alguna patología psiquiátrica grave, ¿me comprende?
Asintió, no muy convencida, sin comprenderlo muy bien.
―Entonces debería verla psiquiatría, hasta aquí todo bien, ¿no?
Volvió a asentir. Hasta ahí todo mal.
―Pero quieren descartar que tenga alguna patología orgánica antes de verla, ¿comprende usted eso?
Un nuevo asentimiento, acompañado de una sonrisa. Antes de que hablase, ya sabía lo que iba a decir:
―Comprobar que no tengo corazón de verdad.
La miré directamente a los ojos, apesadumbrado. No contesté aquello. Algunos días aún me acuerdo de cómo no conteste a aquello y me siento un ser execrable. Pero eso es otra historia.
―Tenemos que hacerle una analítica de sangre, un TAC craneal y sería conveniente una punción lumbar.
―Suena doloroso ―dijo con temor.
―Sólo lo último ―admití.
― ¿Y si no quiero hacerlo?
Hay veces en las que las situaciones difíciles hacen saltar resortes de comportamientos aprendidos. Evidentemente, aquella era una de esas veces.
―Por supuesto, está en su derecho de decidir si hacerse o no una prueba, pero yo, como médico, he de…
Me cogió de ambos brazos, casi subiéndose a la mesa, me miró con sus ojos de cachorrillo y me dijo:
―Tengo miedo, ¿me comprende? Tengo miedo del dolor y de que si sigo mucho tiempo sin corazón pueda morirme, o peor seguir viva y sin corazón y entonces me muera de pena sin morirme de verdad. ¿Hasta ahí todo bien? Sólo le pido que me diga si usted cree necesario que me haga todas esas pruebas aunque sean dolorosas, y yo aceptaré, pero necesito que usted me dé su confianza porque yo no tengo de eso, ¿comprende usted eso?
Asentí lentamente. Ni comprendía ni estaba todo bien. No obstante, me recompuse como pude, cogí sus brazos con mis manos y la miré con toda la seguridad que tenía dentro, que no era mucha.
―Luz, no sé si todo esto lleva a algún sitio o no, pero es lo único que se me ocurre para ayudarle.
Nunca he sido tan sincero con un paciente y dudo que lo vuelva a ser nunca.
―Confiaré en usted, doctor Listillo ―volvió a su sitio―. Pero porque usted es el doctor Listillo, ¿eh?
Y tuve que sonreír.

PRUEBAS COMPLEMENTARIAS (2)

La analítica no fue nada. El TAC tardó en realizarse, pero no fue nada trágico. Ambas pruebas me devolvieron lo que ya sabía: una normalidad que los médicos consideramos insultante.
Pero la punción lumbar era otra cosa. La habían citado para por la tarde, en la consulta de neurología, y el día antes Luz apareció en mi consulta sin cita previa. Esperó pacientemente hasta que terminé con los citados y entonces entró en tropel, mientras me quitaba la bata.
―Tiene que venir conmigo ―me dijo, muy seria.
La miré sin comprender.
―Mañana, por la tarde, tiene que venir conmigo.
― ¿A dónde? ―Pregunté.
―A la prueba.
La miré, compasivo.
― ¿No puede acompañarle nadie?
―Venga usted, doctor. Por favor.
No me dijo que ella había confiado en mí. No hizo falta.

Luz estaba colocada de lado en la camilla. Se agarraba las rodillas con las manos y escondía la cabeza en su pecho. No podía verla, pero algo me hizo saber que había una lágrima de miedo en su mejilla. La neuróloga la tranquilizaba con palabras dulces.
―No te preocupes, pequeña. Será sólo un pinchazo, estás muy delgadita y tardaré poco.
Luz gimoteó en asentimiento. Yo estaba allí.
― ¿Es familia tuya? ―Me preguntó la neuróloga.
Negué con la cabeza.
―Es una paciente de mi consulta.
― ¿Acompañas a todos los pacientes a sus pruebas?
―Se lo pedí yo ―dijo Luz, desde el fondo del ovillo que estaba hecha―. Me da mucho miedo el dolor.
La neuróloga me lanzó una mirada que quería incitar muchas cosas y censurar aún muchas más. Yo negué serio con la cabeza.
―Simplemente no me pude negar.
No tenía más explicación.
―El doctor Listillo, que se cree un caballero andante ―soltó de improviso Luz.
La neuróloga comenzó a reírse. Yo cerré los ojos, agaché la cabeza y me preparé mentalmente. Ahora esperaría con ansiedad la primera interconsulta a nombre del “dr. Listillo”.
―Bueno, pues el doctor Listillo debería apretar la mano de la paciente, si tan caballeroso es.
Miré a la neuróloga, que me sonreía divertida. Me dirigí al otro lado y tendí mi mano a Luz. Ésta la cogió con sus dos manitas, pequeñas, de dedos finos. Estaban heladas.
―No me suelte, doctor.
―No se preocupe, Luz.
Y me descubrí arrodillado, con una mano entre sus palmas y la otra acariciando el dorso de sus manos. Unos ojillos verdes de cachorrillo me miraron desde el interior del ovillo e involuntariamente guiñé un ojo.
He de quitarme esa mala costumbre de guiñar. Algún día lo voy a pagar caro.
La punción continuó sin mayor problema, menos dolorosa de lo que Luz hubiera esperado nunca. La neuróloga contempló el frasquito con líquido cefalorraquídeo a contraluz.
―Lo voy a mandar al labo, pero ya te digo que no tiene nada.
―Lo sé ―respondí resignado.

Hoja de Interconsulta (2)

De: Dr Hidalgo Díaz
A: Psiquiatría

Datos clínicos: Paciente de aproximadamente veinte años que acude a consulta refiriendo “ausencia de corazón”, según ella congénita, que se ha manifestado con sintomatología recientemente. En historia clínica, síntomas de anhedonia leves. Exploración física normal, exploración neurológica normal. TAC normal, analítica de sangre normal, punción lumbar normal. Ruego valoración.

Respuesta: Descartar patología orgánica. Un saludo.

Aquello ya era una cuestión personal. El psiquiatra en cuestión y yo habíamos tenido alguna discusión algo amarga por casos previos, pero aquello rozaba lo poco profesional.
―Habrá que descartar primero la patología orgánica.
―Le he realizado analítica completa, “TAC” de cráneo e incluso una punción lumbar ―le respondí, con más cansancio que ira.
―No, no. Me refiero a que habrá que comprobar que tiene corazón. Doctor Listillo.
Miré al psiquiatra que, con suficiencia por encima de sus gafas de pasta naranja, me sonreía. Estaba siendo cruel adrede, como venganza por algo realmente horrible que le hubiera hecho en el pasado. Intenté refrescar mi memoria, buscando algo suficientemente malo como para semejante venganza. No encontré nada, pero me iba asegurar de que en un futuro cercano hubiese algo que se aproximase.

PRUEBAS COMPLEMENTARIAS (3)

Encontrándome ante la circunstancia que el psiquiatra se negaba a ver a la paciente, y siendo imposible para mí en ese momento sortearla para que la viese otro profesional, me encontré pidiendo un favor inesperado por la paciente más exasperante y odiosa que había tenido.
No podía hacer otra cosa.
―Sé que lo que te estoy pidiendo no es ortodoxo.
―Ni ortodoxo, ni sensato ni nada, hostias. Es una gilipollez de órdago, Juanjito.
La radióloga me miraba indignada, porque lo que estaba pidiéndole era todo lo que ella había dicho y algo más. Y porque era mi amiga.
―Doctor Listillo, si no te importa.
Soltó una carcajada desganada.
―Pero vamos a ver, Juanjo, ¿tú qué interés tienes en esa chica?
―Sabes que no. Que esto no es por eso.
―Lo sé, es lo que no me acaba de caber en la cabeza contigo.
Me encogí de hombros. Me miró mientras exhalaba por la nariz y negaba con la cabeza.
―Tanto ir por ahí con el cuento de que no tienes corazón y luego haces gilipolleces de estas.
Tuve que alzar una ceja. Maldita sea, me tienen demasiado calado. Voy a tener que buscar otro hospital donde no me conozcan.
―Espera un momento ―dije.
―Uno, dos o tres, pero no le voy a hacer una gammagrafía con talio para demostrarle que tiene corazón a una paciente sana. Que lo sepas.
― ¿Qué has dicho antes?
― ¿Qué no paras de hacer gilipolleces?
―No. Que voy por ahí diciendo que no tengo corazón.
―Ah, eso. Sí. Últimamente te ha dado por esa pollada de que no tienes corazón.
La miré, con una sonrisa algo loca.
―Creo que me has dado la solución, doctora.
Salí de allí escopetado. A lo lejos, la radióloga gritaba:
― ¡Eso se merece una caña, lo menos!

JUICIO CLÍNICO

Luz entró en la consulta. Yo estaba serio. Sé ser buen actor cuando la ocasión lo requiere.
―Siéntese. Tenemos que hablar ―dije.
Ella, tímida como un animalillo del bosque, casi trepó a la silla. Me dieron tentaciones de dejar la pantomima, pero era necesario para que aquello funcionase.
―No podemos hacer la prueba ―le solté con brusquedad.
Calculadamente brusco. Ella torció sus cejas en un gesto que parecía más de dibujos animados.
―La radióloga no puede hacerlo. No tiene sintomatología cardiaca ni nada que lo justifique. ¿Sabe acaso lo cara que es esa prueba? ―Para eso último me eché sobre la mesa, con las manos cruzadas, el ceño fruncido.
Ella negó con la cabeza.
―Pues es realmente cara. Sólo puede hacerse si está justificada, y en este caso no lo está.
Estaba al borde de las lágrimas.
― ¿Entonces qué podemos hacer, doctor?
No respondí inmediatamente.
―Lo primero que voy a hacer es pedirle perdón, Luz.
Aquello arrugó más aún su ceño.
― ¿Perdón?
―Le he sometido a pruebas, le he hecho esperar una eternidad y alguna vez he pedido la paciencia con usted.
Ella no comprendía nada.
―Pero eso se acabó. He estado releyendo con cuidado su historia clínica, ¿sabe? Y creo que he descubierto la clave de su mal.
Tenía toda su atención fijada en mí.
―Su problema no tiene nada que ver con la medicina, Luz. ¿Lo sabe?
Aquello fue un mazazo. Las lágrimas que amenazaban con salir recorrieron sus mejillas. Su barbilla se arrugó y su nariz se contrajo. En su mirada había una decepción tan honda y profunda que me rompió algo por dentro. Pero no podía detenerme.
―Eso no significa que la medicina no pueda ayudarle.
El torrente quedó contenido, un suspiro antes de derramarse.
―Hable ya, doctor Listillo.
―Habría que probar un tratamiento especial. Es experimental, pero podría funcionar.
― ¿Un tratamiento? ¿De qué tipo?
―Le voy a recetar algo que, confío, acabe con su problema.
La desconfianza brillaba en sus ojos.

PLAN

Contemplé los ojos implorantes de Luz y le sonreí. Cogí mi talonario de recetas, mi pluma favorita, y rellené una con cuidado. Estampé mi sello en ella y, como colofón, dibujé un corazón allí donde tenía que escribir el medicamento.
Sé dibujar bastante bien, lo bastante como para dibujar un corazón anatómicamente aceptable. Pero no hice eso.
Dibujé un corazón. Le di la receta a Luz y entonces comenzó a brillar como, quizás, había tenido que brillar siembre. Desde su sonrisa a sus ojos pasando por todo su rostro. Se abalanzó sobre mí tan rápido que no me di cuenta, me plantó un beso tenue en la mejilla que me rozó la comisura del labio y, antes de salir de la consulta, me miró:
―Gracias, doctor.
Tan sólo unos minutos después de que Luz se hubiera marchado noté la sonrisa que me había dejado clavada en el rostro. Entonces descubrí que no sólo Luz había conseguido un corazón aquel día.

miércoles, 12 de agosto de 2015

Blacksad

Tenía pensado hacer una entrada sobre cine de superhéroes, que no sé si habéis notado que ha crecido levemente en la última década.

Pero pensando en cómic, he topado con mi colección de Blacksad, he sacado "Amarillo", he ojeado de nuevo sus páginas y he decidido cambiar de opinión.

John Blacksad

Blacksad es un cómic europeo, protagonizado por animales antropomorfos, en particular por un gato negro llamado John Blacksad que trabaja de detective privado.

Cínico, busca vidas, con cierta labia, de ideas muy claras, justiciero a su pesar, pragmático cuando la ocasión lo requiere y más enamoradizo de lo que le gustaría.
Vamos, el estereotipo del protagonista del cine negro, tan negro como la suerte que lleva encima, tan negro como su pelaje de gato.

Los Autores

Para conocer una biografía de los autores, vaya usted a este enlace de la wikipedia, porque para copiar el artículo y pegarlo aquí, tampoco es que tuviera sentido que yo escribiera un blog.

El señor Guarnido

El señor Díaz Canales

Para resumir, el guionista es Juan Díaz Canales y el dibujante Juan José Guarnido. Tienen un largo recorrido, tienen muy buenas ideas y trabajan juntos demasiado bien.

El Dibujo



El estilo de dibujo es lo primero que llama la atención. Bueno, diablos, mirad la ilustración que adorna este párrafo. Qué queréis que diga que no estén ya disfrutando vuestros ojos.
La elección del color, el punto perfecto del cartoon y del realismo, la adaptación tan natural del modelo animal a una forma humanoide.

Y el ambiente, lleno de alcohol y de humo de tabaco, casi parece que uno escucha el barullo de cien conversaciones encerradas en un bar, que huele los sobacos del camarero del fondo, en su camiseta imperio.

No ha decaído además desde el primer álbum.
Si Guarnido no es mi dibujante favorito es porque estoy medio gilipollas.

El Guión

Blacksad se compone de álbumes autoconclusivos con personajes comunes. Es decir, todas las historias suceden en el mismo universo de personajes (eso es evidente) con cada vez más riqueza de éstos, que vuelven de vez en cuando (si la ocasión los necesita) y cierta continuidad cronológica en hechos que hacen recomendable una lectura en orden de publicación pero sin obligar nunca a ello (quizás "Amarillo" sea necesario leerlo seguro después de haber leído "Alma Roja").

Los personajes se hacen adorables. El dibujo de Guarnido se combina perfectamente con unos diálogos maravillosos de Díaz Canales, que perfila a estos personajes y que cuenta historias magníficas.

Qué historias

No pretenderéis que os espoilee todo el cómic. Pero para daros una imagen, en ningún caso espoileando, vamos a repasarlos en orden de publicación.

"Un lugar en las tinieblas" es la historia más cercana al típico cine negro, tanto por argumento como por ambientes. Está dominado por el negro y los colores oscuros como la venganza.

"Artic Nation" nos lleva a ambientes parecidos a los de "El Calor de la Noche" y "El Color Púrpura". Muy inteligente estudio del racismo usando los animales como metáfora perfecta, es de lejos mi album favorito. Como no puede ser de otra forma con ese título, su gama cromática está llena de blancos.

"Alma Roja" es, como su propio nombre indica, una obra donde predomina el color rojo. La caza de brujas en su máxima expresión. Alguna de mis frases favoritas de la obra vienen de este tomo, sólo superado por Artic Nation porque es que Artic Nation es pura maravilla.

"El Infierno, El Silencio" es una obra extraña y experimental. Aunque por su centro flaquee un poco el ritmo de la historia, el final hace que todo cobre sentido y sea una de las historias más espeluznantes. Tiene, además, alguno de los momentos más surrealistas y alguno de los dibujos más impactantes de toda la saga. El azul domina esta historia llena del embrujo de Nueva Orleans.

"Amarillo" es, evidentemente, un tomo lleno de este color. Un road trip que se inicia ligero y con más componentes de humor que sus predecesores, pero que contiene una subtrama paralela trágica y maravillosa.

Detalles

La obra los tiene a miles. Desde detalles en cuanto a la elección del animal a representar (jamás azarosa), los elementos que deciden mantener de cada animal (impagable el ver que Blacksad no tiene uñas porque al ser un gato son retráctiles, y ver su rastro pero no verlas salir, con una sutileza que cala profundo), los detalles al momento histórico donde se ambienta la historia, tanto en sentido estético como argumental...
Como muestra, el dibujo que adorna las contracubiertas de cada tomo forma parte, por un lado, de la historia del tomo y, por otro, da pistas a veces sobre el rumbo del siguiente tomo.
Y a veces no.

Conclusión

Me encanta Blacksad. Desde que una gran amiga (¡un saludo, Irene!) me lo recomendó hace ya tiempo y me dejó los dos primeros tomos para leerlos, es uno de mis cómics preferidos. No me canso de mirar los detalles, leer las historias (aunque las sepa de memoria) y buscar easter eggs (que los hay y muchos).
La ilustración con la que os he mostrado el estilo de dibujo estará pronto colgada de mi pared (no sé cuando, pero pronto). Y espero con ansias la salida del sexto tomo.

Sólo eso, quería expresar mi amor por un trabajo bien hecho, por una historia bien contada, transmitíroslo y si alguien no lo conocía y le pica la curiosidad, descubrirle una obra que no le va a decepcionar.

Un saludo a todos, y que os dejen dormir.

domingo, 26 de julio de 2015

Cartoon Punk

En esta era del Cyberpunk, Steampunk, Dieselpunk y Luqueseapunk, en esta era en la que la gente de mi generación se dedica a hacer series de animación llenas de referencias a nuestro pasado ochentero-principionoventero, pues ¿por qué no hablar de CartoonPunk?

Posiblemente porque sea una pollada.

Pero si existiera el CartoonPunk, sería un estilo que me molaría dibujar...



sábado, 4 de julio de 2015

Maltrato Animal

"El ser humano es el punto en el que el ángel que cae se encuentra con el mono que se levanta."
Terry Pratchett



Advertencia antes de empezar.
Este artículo no contiene ninguna imagen violenta de ningún tipo, e incluso incluye una crítica a la utilización irresponsable de estas imágenes.
En cambio, incluye mucha violencia verbal, explícita e implícita, contra nuestra especie en su mayor parte.

El problema biológico

Si hay algo que se escucha con demasiada frecuencia es lo "natural" que es aquello que el hablante está defendiendo, y las dietas sin carne entran de vez en cuando en esta categoría.

Antes de entrar en las dietas, voy a hacer un pequeño apunte biológico para que sepamos en qué terreno jugamos.
Lo siento, sin croquetas esta vez.

Las proteínas son importantes, vamos, sin proteínas nos morimos. Explicar sin entrar en palabros y conceptos difíciles para el neófito qué hacen las proteínas es muy difícil, pero siendo reduccionistas con fines educativos vamos a decir que si la grasa hace una parte estructural y de hormonas, y los azúcares dan energía, todo lo demás (incluido la otra parte estructural y hormonal) está regulado por proteínas.

Cuando comemos proteínas lo que absorbemos no son las proteínas en bruto, sino sus cachitos. Una proteína está formada por muchos pedazos en una cadena, como una ristra de salchichones (porque las comparaciones con la comida son necesarias). Cada salchichón se llama aminoácido, y los hay de distintos tipos que, combinados de distintas formas, dan lugar a todas las proteínas del cuerpo.

El cuerpo humano es capaz de fabricar por sí mismo casi todos los aminoácidos que forman sus proteínas, excepto un grupo muy reducido. El problema radica en que si falta uno sólo de los aminoácidos, entonces estamos jodidos porque muchos de los sistemas dejan de funcionar.

Esos son los famosísimos "aminoácidos esenciales" que con el ácido graso omega tres y oleico y la vitamina D chetada suelen poner en la caja de productos supervitaminados.

Resulta que todos los animales estamos hechos con proteínas que requieren los mismos aminoácidos. Encontramos los mismos aminoácidos en todos nosotros, desde una hormiga hasta el ornitorrinco pasado por el señor de la pescadería.
En cambio, cada planta tiene sus propios aminoácidos. A algunas les faltan unos, a otras otros.

Eso no quiere decir que una dieta estrictamente vegana sea imposible, no. Quiere decir que para que una dieta sea estrictamente vegana, es fundamental tener mucho cuidado con los menús para asegurarse un aporte de aminoácidos esenciales suficientes, con el riesgo de enfermar si no lo hacemos así.

La consecuencia directa de esto último es que, por lógica, desde que el ser humano es un ser humano como tal, la carne no puede estar excluida de su dieta de forma natural, pues si es difícil ahora que tenemos el conocimiento, en un momento en el que se come por instinto dudo mucho que nuestros antepasados se pusieran a planificar un menú con aminoácidos esenciales.

Las "bondades" de lo natural

Ya lo he dicho y lo repetiré ciento cincuenta mil veces si hace falta. Lo natural no es bueno, eso es una falacia. Lo natural es y punto. Los conceptos de bondad o maldad, beneficioso o perjudicial, son humanos, es desde nuestro punto de vista y son artificiales.
Que una seta sea venenosa y mate mucho es muy beneficioso... para la seta. Que de la corteza de un árbol se pueda fabricar un analgésico es muy perjudicial, para el árbol, al que le van a arrancar la corteza.

Digo esto porque tras el final del último epígrafe parece que estoy en contra de la dieta vegana como concepto. Y no es así.
Estoy en contra de que me la vendan como si fuera lo más natural. Y estoy en contra (y me hincha los cojones) por dos razones. La primera, porque ya he detallado los motivos que explican que no es cierto. Y la segunda porque revela una falta de respeto y un concepto erróneo del veganismo que da un poco de miedo, incluso.

Al ser un invento humano y una decisión racional, premeditada, artificial y bien estudiada, la dieta vegana se puede entender como un avance de la especie (o no, pero al menos un intento de avance). Claro, que entender esto último es básico para entender cómo hay que hacerla (respetando siempre los aminoácidos) y su importancia como resultado de la evolución humana.

Te estás yendo por las ramas

Puede que sí, pero para este este es mi blog.

El punto es que el comenzar este artículo con la base biológica de la dieta omnívora del ser humano me va a permitir acercarme a un problema sobre el tema del maltrato animal que dudo que tenga solución por ahora.

La (aparente o no) hipocresía de la defensa contra el maltrato animal.

Antes de que alguien sea suficientemente idiota, estoy en contra del maltrato animal, claro está. Pero mi rechazo está fuertemente matizado por la consciencia de mi omnivorismo.

Para ejemplizar la situación, vamos a entrar en una serie de casos reales.

La tienda donde puedes montar los muebles y las albóndigas

En una gran superficie de venta de muebles desmontados, cuyo nombre no expondré aquí por motivos obvios, hace ya tiempo surgió la polémica por el origen de la carne de sus albóndigas a bajo precio.

Sin entrar en consideraciones de quién come en una tienda de muebles y cómo nadie se lo esperaba con el precio de las albóndigas, el problema más grave que se plantea aquí es la mala etiquetación de esa carne, que decían ser de vacuno y eran de caballo.

Dos mamíferos herbívoros domesticados por el hombre y usados* para distintos fines, incluido la alimentación, desde hace minolles y minolles de años.

He puesto un asterisco en "usados". Luego hablaré de ello.

Si bien es un delito de fraude por decir que venden vaca y venden en realidad caballo, teniendo en cuenta que la carne de caballo no es particularmente mala para la salud humana, ¿por qué tanta gente puso el grito en el cielo? ¿Tan diferente es un caballo de una vaca?

China, origen de chistes hasta que ya no hace gracia

Hace poco, una serie de personas muy bien intencionadas ha decidido llenar las redes sociales de imágenes de crueldad contra perros y gatos de forma masiva en el gigante asiático, con una intención bondadosa de poner el punto sobre la barbarie e intentar detenerla.

Esos gatos y perros sacrificados son usados durante este festival para hacer platos típicos tradicionales, con la exaltación de los defensores de los animales que piden que la barbarie termine.

Poco después, alguien puso el dedo en la llaga con dos fotografías del mismo plato, una hecho con perro, otra con cerdo.

Dos animales de gran inteligencia, de manada, uno carnívoro puro y otro omnívoro, que desde siempre se han usado* en distintas culturas, por ejemplo como base para la elaboración de platos.

¿Tan diferente es un cerdo de un perro?

La desvinculación del producto

 En la sociedad occidental actual, es raro que el ciudadano medio tenga contacto con el producto antes de su preparación para la venta.
Que hay excepciones, coño, claro, pero estoy hablando de la mayoría.
Todos vamos al supermercado donde los trozos de carne y las verduras y las frutas y los pescados descansan debidamente empaquetados y etiquetados vaya a ser que confundamos un calabacín con un pepino o un filete de vacuno con uno de caballo.

Esa desvinculación del producto y de la cadena de producción des-animaliza al trozo de carne y nos envuelve en una manta protectora y anestésica que nos permite comer sin preguntar, sin pensar que eso que introduces en tu cuerpo fue un día una ternerita o un corderito que vivía y respiraba.

Pues lo siento mucho, lo era. Lo era, y ahora no es, ahora está muerto y despiezado y empaquetado para que tú puedas llegar al súper con tu carrito y escoger el que está de oferta y comértelo.

Por ese motivo, sólo cuando establecemos un vínculo con el animal nos sentimos heridos por su muerte y maltrato.
En contra del toreo mientras comemos un chuletón de buey, en contra de lanzar la cabra del campanario mientras comemos una paletilla de cordero.
Porque la paletilla y el chuletón son conceptos abstractos, como si crecieran así de la tierra; pero al toro o a la cabra los vemos respirar y moverse.

La crueldad por crueldad y la alimentación

 Alguien dirá en este punto, y no sin razón, que no es lo mismo un sacrificio de un animal por alimentarse de él que un sacrificio doloroso y con fines lúdicos.

El problema es que la industria cárnica es igualmente cruel, amparada por el modelo capitalista que exige que cada día estén disponibles suficientes trozos de carne en todos los supermercados para que el cliente pueda venir sin importar la hora el día a obtener la carne que desea.
Son producciones en cadena que no se detienen, que crían, engordan, matan y despiezan a la velocidad que exige el mercado. Y el mercado no para de exigir.
Pero es una crueldad que no vemos, que no se realiza por disfrute, que olvidamos y de la que no nos sentimos responsables a pesar de alimentar su maquinaria comprando esa carne y comiéndola.

La Cultura como paraguas de críticas

El hábito y la cultura no deben ser jamás excusa para la barbarie, porque la cultura y los hábitos pueden cambiarse y pueden quedar como forma del pasado o como arte.

Si no, deberíamos admitir el sacrificio humano o el canibalismo ritual, ¿no?

En cuanto a la belleza artística, no negaré que existe un cierto tipo de belleza en lo grotesco, lo sangriento y lo violento.
Ahí están los cuadros de Goya, las obras de Bacon.

Pero precisamente en la era en la que estamos, con los medios técnicos que tenemos, la recreación artística, visual, de la violencia (contra el ser humano o contra los animales) es posible sin tener que producir daño real a un ser vivo.

Igual que ahora no hay que diseccionar una rana para poder ver cómo late su corazón.

La Violencia Inherente

El ser humano tiene ansias de violencia, es parte del pool genético que hereda para su propia supervivencia y que en el comodísimo mundo occidental no es necesario pero aún no se ha abolido en nuestro cerebro reptiliano.
Pero precisamente la violencia artificial es posible, sin necesidad de escalar a una violencia real.

El problema es la direccionalidad de esa violencia. Todos somos capaces de ser violentos con el prójimo, sobre todo si es indefenso y fácil. Todo el mundo es capaz de hacer daño al cachorro de una especie, cuando es pequeño y no puede revolverse.
Pero no todo el mundo o hace.

Afortunadamente.

El Utilitarismo

Volvemos al asterisco que dejé como anzuelo un par de veces en el texto.

El ser humano tiene una tendencia casi patológica al utilitarismo, a que todo lo que le rodea sirva para una función. Si no, ¿a qué viene hablar de efectos beneficiosos de las plantas? ¿Qué te ha hecho a ti esa planta para que quieras triturarla a la búsqueda de algo que te pueda ayudar a ti?

Eso se extiende, como no podía de ser de otra forma, al resto de animales. Y durante la evolución, el ser humano ha aprendido a comer, vestirse y fabricar cosas con animales.

Y como todo lo que hace el ser humano, tiene una inercia difícil de detener. Pues si por un sólo instante dejáramos de pensar en PARA QUÉ SIRVE y empezáramos simplemente a observar QUÉ ES, entonces muchos de los terribles espectáculos que existen no tendrían sentido.


El Veganismo

Ya he dejado algunas ideas al principio sobre el veganismo, y ahora me centraré más en él por dejar claras un par de cuestiones.

Claramente, la idea de dejar atrás la alimentación animal en un mundo donde es practicamente omnipresente, con el riesgo para la salud si se realiza de una forma irresponsable por falta de información, es respetable e incluso encomiable.
No es fácil ser vegano en el mundo occidental. Cada vez más fácil, pero no fácil.

Entiendo a su vez que si la intención de una persona al adscribirse al veganismo es la de evitar el sufrimiento animal, su intención se vea inexorablemente unida a intentar convencer a los demás de que tiene razón, pues cuantos más veganos, menos sufrimiento animal.
Y eso es lógico.

Pero la situación actual es un clima de odio idiota entre las dos partes que ni respeta a los veganos ni a los no veganos y en la que, con mis risas ocasionales por algún chiste, yo mismo he sido partícipe en el pasado.

Veganos que casi matan a sus gatos por obligarles a llevar una dieta vegana, carnívoros insultando el veganismo de forma constante, ignorancia que lleva a situaciones tan raras como ofrecer a un vegano un plato de pescado en lugar de la carne.

El Pero del veganismo

 El problema es que el vegano sigue destruyendo vidas, vidas vegetales y vidas micóticas que tienen una forma particular de sensibilidad y autoconsciencia que no comprendemos muy bien del todo pero que comenzamos a intuir.

Los hongos tienen una red similar a la red neuronal humana, subterránea, cuyas conexiones no hemos llegado aún a conocer.
Y las plantas tienen un sistema de sensibilidad intrínseca que les informan de daños de una manera simiar que el dolor en los animales.

Y son vida, tan vida como un pez o una gamba, cuyos sistemas nerviosos primitivos no les permiten tener una autoconsciencia pero siguen siendo una vida arrebatada por alimentarnos.
Una lechuga, un apio o una cebolla, son partes o todos de seres vivos arrancados de su medio natural por y para alimentarnos.

Las imágenes en Facebook

Existe un proceso que se conoce como desensibilización. Se da en las drogas, en los fármacos y en la violencia, entre muchas otras cosas.

Consiste en la disminución progresiva de respuesta ante un mismo estímulo repetido de forma constante. Como un sonido que está tan presente que ya ni lo sientes, o un olor al que te acostumbras.

Cuando vemos imágenes de cierta cantidad de violencia, el espectador medio en general se siente horrorizado. Pero a partir de cierto número e intensidad, el cerebro humano se fatiga y el individuo comienza a aceptar esas imágenes, produciéndole poco o ningún efecto emocional.

Digo esto porque mucha gente, con buenas intenciones, imagen de maltrato animal que ven, imagen que comparten de forma masiva para "hacer eco" del asunto.

Que es muy buena idea, si no produce el efecto contrario. El problema es que el 95% de la gente que suele navegar por Facebook no tiene que ser necesariamente licenciada en psicología con máster en psicología del comportamiento, y por lo tanto juzgar el nivel de violencia necesario para llamar la atención sin alcanzar el necesario para producir el efecto contrario, siendo difícil para profesionales en la materia, queda fuera del alcance de la mayoría de nosotros.

Vamos, que es una práctica irresponsable con una buena intención que, como dicen los ingleses, sólo sirve para empedrar el camino al infierno.

Por supuesto, la Vida Salvaje y el Ciclo de la Vida

Los animales comen plantas u otros animales. Es así como viven. Es un hecho.

No puedes alimentar a un carnívoro con dieta vegetariana o vegana, porque es una condena a muerte para ese animal. Por mucho que tú ames a todos los animales de la creación, el carnívoro con el que convives (y ya puestos depende de ti para alimentarse) no tiene esa relación emocional con sus presas.
Su alimento.

Del mismo modo, si estás en la selva africana con un león adulto hambriento que nunca te ha conocido, ten por seguro que ser vegano y miembro de Greenpeace no le va a impedir arrancarte las tripas para comer.

Los animales establecen lazos emocionales con su manada, y esa manada puede ser artificalmente mixta con algunos monos evolucionados o con algunos herbívoros, pero esa relación emocional desaparece con respecto a sus presas.

Intentando poner en claro todo este BrainStorming

El ser humano es un factor de cambio y artificialidad desde que dejó de ser un animal normal para convertirse en el animal deficitario que es hoy.
Tan deficitario que necesita de la tecnología y de la sociedad para sobrevivir física y emocionalmente; y a veces ni siquiera así.

Su relación con el resto de especies vegetales y animales ha variado desde el inicio, conforme ha sido consciente de su propia naturaleza, y ha dependido mucho de factores sociales y económicos de cada momento.
Si nos creemos que existe una entidad todopoderosa que, en un día que se sentía gracioso, decide que el culmen de su Creación fuera un mono asustado, deficitario y dependiente que es consciente de su propia limitación y mortalida, pero a su vez se siente todopoderoso e invencible, entonces es lógico que a partir de ese argumento el resto de la vida del planeta fuera hecha por y para ese monillo asustado.

Pero si nos alejamos de ese concepto y aceptamos que somos el fruto del azar pero que, por algún motivo (llámalo como quieras llamarlo, incluso si quieres llamarlo Dios, hazlo así) parece que progresa en una dirección que no simplemente asegura su supervivencia sino que pretende mejorarla y dejar huella de ella.
Es decir, aceptamos al ser humano como la punta del progreso evolutivo (aunque no es ilógico pensar que el culmen de la evolución es dejar de hacerse estas preguntas idiotas y de pelearnos por estas imbecilidades, y dejar en su lugar que los estúpidos monos nos alimentasen y nos dieran bolas de lana para jugar), y en esa aceptación hemos de comprender que ese progreso no es lineal ni saltatorio, sino ramificado en distintas áreas, ámbitos e ideas. Algunas ramas van para atrás. Esperemos que casi todas vayan para adelante.

Por lo tanto, como humanos, nos preguntamos si lo que hacemos con los animales es correcto, y cada uno da una respuesta que es más o menos respetable.

En el momento en el que estamos, una respuesta no aceptable es que los animales están ahí para nuestro uso y disfrute. Son seres sensibles y emocionales, que además hemos hecho aún más sensibles y emocionales al "contagiarles" de alguna forma nuestra visión formando manadas mixtas que ellos no terminan de comprender muy bien.

Una respuesta aceptable es el veganismo, pero también un no veganismo respetuoso.
Una aceptación de la muerte como parte de la vida, como origen de la vida. Nuestra vida se alimenta de muerte ajena, y eso no está mal, ni bien, es así. Es nuestra naturaleza, ni buena ni mala, simplemente dependiente de la muerte para vivir.
Algún día nosotros moriremos, todos, y daremos de comer a los gusanos y a los insectos, y a las bacterias que ahora son compañeras de viaje y que terminarán por corroer nuestra carne hasta que de nosotros no quede más que el inerte hueso. Y no tendrán reparos morales, esas bacterias. Ni esos gusanos. Ni las aves ni los roedores que se alimenten de esos gusanos. Ni los gatos que cacen esas aves y roedores y los pongan a los pies de su estúpido mono evolucionado para enseñarle cómo se caza.

Cerraremos el ciclo con nuestra muerte, nosotros también. Y quizás, sólo quizás, gracias al proceso artificial que nos permite ignorar la caza e ir al supermercado a comprar la vaca ya envasada, que nos permite dedicar el tiempo de caza a mejorar la tecnología y el pensamiento, antes de morir consigamos dejar el primer ladrillo para construir una sociedad mejor, donde los niños aprendan a respetar la vida de los gatos y los pueblos que la muerte cruel de un toro no es divertida.
A respetar la muerte de los animales que nos alimentan, a respetar sus vidas, a respetar su dolor.

Puede que el futuro no sea el veganismo (o sí, yo no lo sé). Pero el futuro debe ser el respeto y el evitar el sufrimiento. Porque el ser humano puede ser mejor, el mejor de los animales. Y si puede serlo, es su deber al menos intentarlo.

No veré si tengo razón, estaré descompuesto en aminoácidos, repartidos entre varios estados de la cadena alimenticia, pero eso no me impide soñar que pueda lograrse.
Un saludo a todos, y que os dejen dormir.