jueves, 2 de abril de 2015

Esto es el colmo

Tengan a bien sus mercedes saber que los siguientes pliegos son una ficción de aficionado, por tanto sin ánimo de lucro, basada con ánimo de halago y respeto en los folletines llamados "El Ministerio del Tiempo".
Tanto dicho Ministerio como los personajes de éste que aquí concurren tienen propiedad intelectual.



―Vive Dios, que mi cabeza parece que va a estallar… ―decía Alonso mientras subían juntos por la Escalera del Ministerio.

                ―No eres el único―. Julián se sostenía la frente con la palma de la mano. ―Es como una resaca de calimocho pero en peor…

            ―Entonces no quiero saber qué es ese calimocho… ―sentenció Amelia.

            ―Y tú te llamas estudiante, alma cándida…

            ―Callaos los dos, os lo suplico, vuestra cháchara va a freírme los sesos.

            En lo alto de la Escalera, al lado del funcionario, los esperaba Angustias.

            ―El jefe quiere veros.

            ―Pero si acabamos de terminar una misión ―se quejó Amelia.

            ―Aún ni yantar hemos podido, ocupados en haer pantomimas y fantasmagorías para el tal Bécquer ese.

            ―Ya, ya lo sabe, pero es Semana Santa y la mitad de los funcionarios están de vacaciones.

            ―¿No hay servicios mínimos o algo? ―preguntó Julián.

            Angustias alzó una ceja.

            ―Vale, nosotros somos los servicios mínimos. No sé ni de qué me extraño.

            ―Ah, casi se me olvida, tomad.

            Angustias sacó de su bolso tres pastillas blancas y tres botellines de agua.

            ―Ibuprofenos. Para el dolor de cabeza.

            Los tres fruncieron el ceño mientras observaban con desconfianza a la secretaria.

            ―El jefe os lo explicará. Pero tenéis que daros prisa, hace rato que habéis llegado.

            Sin darles tiempo a preguntar, Angustias se dio la vuelta y se dirigió al despacho de Salvador Martí. Julián se tomó la pastilla con un largo sorbo de agua. Alonso miraba el comprimido en su mano.

            ―¿Es segura la medicina ésta?

            Amelia se encogió de hombros pero también se tragó la pastilla, antes de abrir la marcha.

            ―Seguro, seguro, que un día uno se muere ―le respondió Julián antes de seguir a Amelia.

            ―Pues si de algo hay que morirse, que no sea por este dolor de cabeza, por Dios bendito.

           

―Los he convocado para una misión de extrema urgencia.

            ―Eso nos ha dicho Angustias, ¿de qué se trata?

            Ernesto, desde su posición a la derecha de Salvador, encendió la televisión. Allí, un vídeo de mala calidad se reproducía en una plataforma conocida de internet.

            ―Hace cinco horas, alguien ha subido esta imagen a internet. Está hecha con un móvil.

            En la imagen, un hombre de edad avanzada y rostro congestionado gritaba a otro, más joven. El mayor vestía una chaqueta gris y una camisa blanca, con el cuello levantado sujeto por un pañuelo. El otro, una camiseta de un grupo de metal escandinavo.

            ―¿Qué es ese galimatías que hay escrito debajo?

            ―Parece un idioma escandinavo.

            ―Tiene razón, Amelia, como de costumbre. Es sueco.

            ―Y el hombre mayor que grita… ¿es él?―. Amelia buscó confirmación en los ojos de Salvador.

            ―¿Es quién? ¿Cervantes, Ramón y Cajal? ¿O Don Juan Tenorio? Porque visto que el Lazarillo existía…

            ―No, es Don Francisco José de Goya y Lucientes ―le corrigió Ernesto.

            ―Acabáramos, ¿y cómo un guiri sueco tiene un vídeo de Goya discutiendo con un heaviata? ¿Hay alguna puerta en Torremolinos o algo?

            ―La hay, pero para el Torremolinos de los 70 ―dijo Irene mientras entraba―. ¿De dónde crees que saco este moreno?

            ―No, este vídeo lo tomaron en Suecia ―respondió Salvador.

            ―Pero eso es imposible, Suecia nunca ha pertenecido a la corona española, está fuera de nuestra jurisdicción―. El rostro de Amelia se ensombreció―. ¿Tiene algo que ver el americano?

            ―De eso vengo ―le respondió Irene―, de informarme. Nuestros expertos no han notado rastros temporales de un túnel ni ahora ni en el siglo XIX.

            ―Que quiere decir, en cristiano, para aquí Alonso y para mí…

            ―Tenemos a nuestros expertos haciendo rastreos sistemáticos de alteraciones temporales, estamos casi seguros de que Walcott no ha viajado a la época de Goya ni a nuestros días.

            ―¿Entonces? ―preguntó Amelia.

            ―Entonces vamos a enviar a nuestro mejor equipo a investigar, claro está.

            ―Su mejor equipo o el único que no está de vacaciones, vamos ―dijo Julián.

            ―Para el caso es lo mismo. Por cierto, ¿cómo están del dolor de cabeza?

            ―Pues ya va mejor, gracias… Espere un momento, ¿cómo sabía usted…?

            ―Ernesto, explíquese usted, que eso de la pizarrita y el ordenador es cosa suya.

            ―Van a atravesar la puerta 69-B. Es una puerta particular.

            ―Cuando llueve se moja, pero sólo la mitad.

            ―¿Puedes parar de bromear un segundo, Julián?

            ―Gracias, Amelia. Esta es una puerta de sólo ida, su correspondiente no tiene vuelta atrás.

            ―Pardiez, eso no me gusta.

            ―A mí tampoco. No quiero verme atrapado en plena Guerra de la Independencia…

            ―No se preocupen tanto, Ernesto tiene ese gusto por el drama. La puerta 69-B da a hace dos horas y quince minutos, pero en la Embajada Española en Estocolmo, en Suecia.

            ―Que es suelo español, y por lo tanto nuestra jurisdicción ―continuó Ernesto―. Pero como da a un momento tan cercano, no permite volver en la otra dirección.

            ―Y así se ahorran al menos el vuelo de ida, qué listos…

            ―Habrá que ahorrar como se pueda, que estamos en crisis―. Salvador alzó las manos―. El vuelo de vuelta se lo costea el Ministerio, no se preocupe.

            ―Muy amable. Y eso tiene que ver con el dolor de cabeza, imagino.

            ―Por supuesto ―continuó Ernesto―. El hecho de que se encuentren ahora mismo en Estocolmo y aquí produce una paradoja espacio-temporal que, de forma inconsciente, les da ese dolor de cabeza característico. Nosotros lo llamamos “retrosaca”.

            ―¿Qué decís con que estamos en dos lugares al mismo tiempo? Cuando parece que me he acostumbrado a una brujería, aparece otro truco nuevo y más pienso que sí que me ajusticiaron y que es al mismo Demonio a quien presto los servicios.

            ―Entonces ahora mismo hay una yo en Estocolmo y otra aquí… Pero la yo de Estocolmo es la yo de dentro de dos horas y quince minutos, osea, mi yo del futuro.

            ―Lo ha comprendido, Amelia.

            ―Claro que lo ha comprendido, es mi chica ―le guiñó Irene.

            ―No sé si lo he comprendido,  pero vuelve a dolerme la cabeza.

            ―Entonces dense prisa, en cuanto crucen la puerta estarán en la otra cara de la paradoja y el dolor de cabeza mejorará. Descubran qué ha pasado, cómo ha llegado Goya a la Estocolmo actual y si Walcott u otros como él tienen alguna relación con el asunto. No se retrasen más, el tiempo apremia.

            Cuando se hubieron marchado todos, Angustias se acercó a Salvador.

            ―Jefe, ¿qué va a hacer cuando se le acaben los chascarrillos sobre el tiempo?

            ―No lo sé, Angustias―. Salvador negó con la cabeza―. No lo sé.



―No sé cómo podéis estar tan a gusto con esta vestimenta, vive Dios.

            ―No, si yo de traje tampoco estoy muy cómodo, que parece que vaya a hacer la comunión otra vez.

            ―Pues a mí eso de llevar pantalones, pase, pero este vestido es…

            Julián admiró la ropa de Amelia.

            ―¿Bonito ?

            ―Indecente…

            Julián frunció el ceño.

            ―Se me ven las rodillas ―dijo Amelia con los dientes apretados.

            Julián soltó tal risotada que dos viandantes se cruzaron para mirar.

            ―No sé qué han dicho esos extranjeros, pero el tono no me ha gustado.

            ―Habrán dicho algo de los españoles, como siempre.

            Alonso se detuvo un momento. Amelia y Julián se dieron cuenta y se volvieron a su compañero. Alonso miraba alto, en su planta los años de militar. Los ojos perdidos en el pasado, la garganta contraída, la mano allí donde solía llevar una espada. Los hombros de Julián cayeron, Amelia alzó las manos a la boca.

            ―No podéis entenderlo, Julián, ni vos, Amelia, pero…

            ―Pero qué ―respondió Julián.

            ―Julián…

            ―Ni Julián ni gaitas, está siempre con lo mismo, que si la gloria de España, que si el orgullo de ser español, que si me sienta como una patada en los cojones… ¿Pues sabes qué? Que a mí también me jode.

            Amelia se ruborizó. Alonso clavó su vista en el enfermero.

            ―Me jode más que a ti, porque lo comprendo mejor. Tú al menos has vivido en una España que se enorgullecía de llamarse así. Yo no, yo he nacido después de la Guerra Civil, de la dictadura y de habernos convertido entre una cosa y otra en el hazmerreír del Mundo.

            ―Entonces, ¿por qué tanta chanza y tanta risa?

            ―Porque no puedo vivir amargado. Porque si algo tenemos es las ganas de reírnos de nosotros mismos, y eso no pienso perderlo por mucha crisis y mucho político corrupto. Porque si no nos reímos nos hartamos de llorar.

            Alonso dio una zancada hacia Julián. Este no se amedrantó. Amelia alzó los brazos con miedo. Alonso alzó ambos brazos y en un movimiento largo, dio un abrazo a Julián. Éste aceptó el abrazo.

            ―Somos hermanos de armas y compañeros, y ahora que os comprendo mejor, me doy cuenta de que también sentimos lo mismo.

            ―Pues claro que sí, joder.

            Amelia sonrió unos segundos. Luego dijo:

            ―Bueno, creo que hay una misión que cumplir.

           

―Este es el piso que se ve en el vídeo.

            ―¿Estáis segura?

            ―Hombre, no creo que de otro piso vaya a salir Goya.

            Efectivamente, en el otro lado de la calle estaba Goya, saliendo del portal y mirando alrededor con cara confusa.

―Pobre, parece perdido como un pulpo en un garaje. Don Francisco, Don Francisco… Parece que no me oye.

            ―MAESE GOYA.

            ―Nada, parece que esté sordo.

            ―Julián, es que está sordo…

            ―Hostia, no me acordaba.

            ―Entonces habremos de llamar su atención por otros métodos.

            Alonso saltó a la carretera, pero antes de que diera dos pasos en ella, Julián ya le había cogido del brazo antes de que un utilitario lo arrollara. Una serie de insultos en sueco emergió de la ventanilla.

            ―¿Sí? Pues así mil fiebres os lleven a vos ―le respondió Alonso.

            ―¿Entiendes sueco?

            ―No, pero todos los insultos son iguales. Pardiez, Goya no está.

            ―Se ha ido por allí ―señaló Amelia―. Iba mirando uno de esos esmartofonos de hoy día.

            ―Smartphones. Pero, ¿qué andará buscando?

            ―Sólo hay un modo de saberlo.



―Hombre, bien mirado es lo lógico.

            ―¿Qué es lo lógico? ¿Qué hay en este establecimiento?

            ―Huele a lejía y a rayos fritos, como todos los lugares de este siglo.

            ―Es un centro auditivo.

            ―¿Un qué?

            ―Un sitio donde venden aparatos para escuchar mejor.

            ―Falta le hacía, vive Dios.

            ―Pero eso es una desgracia ―dijo Amelia.

            Julián y Alonso  miraron a Amelia con confusión.

            ―Mujer, creo que tanto como una desgracia…

            ―¿Qué os ha hecho el tal Goya para desearle que siga sordo, el pobre ?

            ―No es eso, es lo que no hará. Si Goya no sufre por su sordera, nunca pintará las Pinturas Negras, la representación española del Romanticismo en el arte, el origen del Grotesqué y la cumbre de la pintura de su época.

            ―Vamos, que tiene que estar jodido.

            ―Paréceme un tanto injusto.

            ―Lo es, pero es así. Goya es quien es, entre otras, por sus Pinturas Negras.

            ―Bueno, pues aunque sea por no darle la satisfacción a Velázquez, vamos a joderle la vida al bueno de Goya.



Goya se encontraba ya en el mostrador.

            ―Un aparato para oír, oír…

            El empleado, educadamente, le respondía en sueco.

            ―No le escucho, buen hombre, por eso necesito un aparato de oír ―repetía, señalándose el oído.

            ―Don Francisco ―saludó Julián, poniéndole una mano en el hombro.

            El otro se volvió, asustado.

            ―¿Quiénes son ustedes?

            ―Amigos ―dijo Julián, deletreando con cuidado las palabras.

            ―No os conozco, buen hombre, ¿cómo se hace llamar amigo mío?

            ―Debe confiar en nosotros.

            Goya frunció el entrecejo.

            ―Al menos habláis mi idioma…

            ―Pero os entendéis con él a pesar de que no os oye.

            ―Pero lee los labios, como muchos sordos, ¿verdad?

            Goya asintió.

            ―En vos es fácil, hacéis por haceros entender, no como la mayoría.

            Amelia lo miró impresionada.

            ―Es parte de mi formación. También sé el lenguaje de signos, pero no creo que aquí el amigo Goya tuviera muchas oportunidades de aprenderlo.

            ―He de volver al piso del muchacho. Tiene algún problema pero no alcanzo a entenderlo.

            ―Nosotros le echamos una mano.



Era un hombre joven, con gran barba y pelo enmarañado, vestido con ropas de heviata y con un rostro de concentración insoportable.

            ―Me estoy cagando ―dijo.

            ―¿Perdón ?

            ―Me estoy cagando, ¿vale? ¿Están ustedes también sordos? Me cago.

            ―No es lenguaje propio delante de una dama.

            ―Me la suda. Yo me estoy cagando y me tienen que ayudar.

            ―Explíquese, para que podamos entenderle.

            ―La segunda puerta a la izquierda, es el baño. Prueben.

            Julián abrió la marcha, ante la clara reticencia de Amelia. Lentamente, sin saber qué horrores le esperaban detrás, atravesó la puerta.

            ―Amelia, necesito tu ayuda ―dijo desde el otro lado.

            ―Julián, creo que esto puedes hacerlo solo.

            ―Tú ven.

            Insegura, Amelia se asomó al interior de la puerta. Se encontró cara a cara con un estudio de pintura. En un caballete, un lienzo a terminar donde destacaban las sombras.

            ―Es una de las Pinturas Negras, ¿verdad?

            ―Sí. Estamos en la Quinta del Sordo.

            ―Eso pensaba yo. Pero esto no es territorio español, ¿cómo puede haber aquí una Puerta del Tiempo?



El timbre sonó con fuerza.

            ―Deben ser los expertos que envía el Ministerio ―dijo Julián.

            ―Eso espero ―dijo con acento grave y rostro congestionado el heavy.

            ―Pero buen hombre, ya os ha dicho maese Goya que podéis hacer uso de sus letrinas.

            ―Mire, como en el propio wáter, en ningún sitio.

            ―Eso lleva siendo cierto desde hace siglos, vive Dios.

            Al salón entraron dos personas. Un hombre con bigote regio y porte militar y un muchacho con gafas de pasta y barba rala.

            ―Buenas tardes ―dijo el mayor.

            ―Hola… ―saludó el joven.

            ―Somos los expertos ministeriales. Venimos a estudiar la anomalía.

            ―La anomalía se llama mi cuarto de baño y es la segunda puerta a la izquierda.

            El hombre se inclinó, el muchacho abrió la marcha.

            ―¿Te suenan? ―le preguntó Julián a Amelia.

            ―Al hombre me suena haberle visto en los periódicos, pero el niño…

            ―El niño ―respondió el muchacho―, tiene ya dieciocho años, así que de niño nada. Me llaman DarkWarlock77.

            ―Extraño nombre, sin duda ―dijo Alonso.

            ―No es un nombre. Es un nick, un maldito nick. Eres un niño de mi tiempo.

            ―Soy el mejor ingeniero temporal del país, así que un respeto.

            ―¿Por qué universidad ?

            El muchacho sonrió.

            ―No en muchas universidades se estudian viajes en el tiempo, ¿verdad?

            ―Dejadlo, buen hombre, el muchacho es rápido de intelecto y comprende ciertas cosas mejor que yo ―dijo el hombre, mientras conectaba a su móvil un artilugio en latón y madera a través de un cable USB.

            ―Y usted es…

            ―Teniente Isaac Peral y Caballero, a su servicio. Ingeniero naval y del Ministerio.

            ―Usted inventó el submarino…

            ―El submarino torpedero, en particular, sí.

            Isaac Peral pasaba el aparato alrededor de ambos lados de la Puerta.

            ―Sí, lo que imaginaba. Los niveles de picarescum se salen del gráfico.

            ―Como en el 67 ―dijo DarkWarlock77.

            ―Más estable, lo más estable que hemos encontrado nunca, la verdad.

            ―Si alguien puede explicar qué es el pica-lo que sea y el asunto del 67…

            Isaac Peral asintió al muchacho, que comenzó a hablar.

            ―El picarescum es, digamos, una forma de responder de las moléculas alrededor de una Puerta del Tiempo y creemos que es la base de éstas. Para explicarlo, digamos que tienes una tienda, y que tienes una puerta de entrada y otra de salida. La mayor parte de la gente entra por la entrada y sale por la salida. Mucha gente tiende a entrar por donde le da la gana, por lo que muchas tiendas ponen puertas que sólo se abren desde una dirección. Digamos que eso es el tiempo, un flujo que se mueve sólo en una dirección.

            ―Pero…

            ―Pero si piensas en el típico español, aunque la puerta de salida sólo se abra desde dentro y esté marcado en todas partes que es la salida e incluso esté conectada a los sistemas de alarmas…

            ―Entrará por la salida y saldrá por la entrada por llevar la contraria.

            ―Exactamente. Digamos que el español encuentra las “puertas de atrás” de forma natural, es un generador espontáneo de picarescum, de comportamiento anormal. Por eso es en España que el rabino Leví encontró las Puertas del Tiempo.

            ―Ahora vamos a lo del 67 y a lo del baño de este pobre hombre.

            ―Sí, por favor, que no aguanto más…

            ―Entre los años 50 y 70 ―continuó Isaac Peral―, la emigración española a Europa aumentó. La crisis de la postguerra española y la reconstrucción de Europa favorecieron que muchos salieran de España. En el 67, ese flujo migratorio provocó un acúmulo anormal de picarescum en Europa, tanto que durante 15 segundos, la puerta del segundo camerino de un pequeño teatro en Berlín conectó con el desembarco de los primeros fenicios en Málaga.

            ―Con hilarantes resultados ―se rio DarkWarlock77.

            ―Pero en este caso es más estable. Posiblemente por este segundo flujo migratorio de jóvenes.

            ―Las relaciones personales a través de internet, de los smartphones y las redes sociales han hecho que los flujos de picarescum vayan más rápidos y por lo tanto era de esperar que esto sucediera tarde o temprano.

            ―Vale, vale, eso está muy bien, pero cómo cojones recupero yo mi wáter, que esto que tengo aquí está pidiendo pista de aterrizaje…

            Isaac Peral y DarkWarlock77 se miraron unos segundos. Luego asintieron. Dieron dos golpes fuertes a cada lado del marco y luego una patada a la parte baja de la puerta. Se escuchó un pequeño clic. Isaac Peral abrió la puerta, y allí estaba el baño. El hombre, con una sonrisa de felicidad exultante, salió corriendo, apartando a Amelia, Julián y Alonso, y se encerró en su cuarto de baño.

            Julián miró a los técnicos con el ceño fruncido.

            ―¿Qué base científica hay en lo que acaban de hacer?

            ―No, ninguna. Pero funciona.

            ―Es una Puerta española, no lo olviden.

            ―Quizás porque mi niñez sigue jugando en tu playaaaa… ―cantaba el hombre en su baño, entre sonidos horrísonos que la mente humana no está preparada para entender.

            ―Mucho heavy metal escandinavo, pero lo que tira es la tierra…

            ―Bueno, señores, ¿y para activarla de nuevo?

            ―No se puede ―dijo con una sonrisa el muchacho.

            ―Entonces, ¿para devolver al señor Goya a su tiempo?

            Los técnicos se miraron con un asomo de terror.

            ―Vamos a tener que meter a Goya en un avión… ―dijo Julián.

            ―Pues no seré yo quien le explique al sordo que ahora el hombre vuela en pájaros de metal, he dicho.



Mientras Alonso yacía dormido en el sueño de los justos y los antihistamínicos, Amelia miraba asombrada a las nubes cortadas por el ala del avión e Isaac Peral y DarkWarlock77 tuneaban un móvil para rastrear nuevas concentraciones de picarescum fuera de España, Julián contemplaba a Goya, que estaba pensativo. Le rozó el hombro con cuidado, y no le habló hasta que estuvo seguro de que podía leerle los labios.

            ―¿En qué piensa?

            ―Pienso en ese pobre muchacho, en ese gesto de sufrimiento, de cólera, de injusticia e incomprensión.

            ―Es que los apretones son muy malos.

            ―Y que lo diga usted. Pero es algo más, había un sentimiento de constante injusticia.

            ―No se le puede reprochar. Lo han echado de su tierra por culpa de una crisis de la que él no es culpable, ha tenido que instalarse lejos de su familia y los suyos. Yo también estaría de mala leche.

            ―Esa rabia contenida ―seguía Goya, ensimismado―, es lo que me faltaba, lo que estaba buscando. Ese muchacho es la inspiración que necesitaba. Al fin le he puesto cara a mi Coloso.

            ―Ya decía yo que me sonaba de algo… ―reflexionó Julián.

            Y con ese pensamiento, se dejó mecer camino a casa.







Recientes descubrimientos aseguran que el Coloso no es de Goya, pero, oigan, hay viajes por el tiempo, hagamos algunas concesiones.

viernes, 13 de marzo de 2015

Catalán, Gallego, Euskera, Español, Castellano y etcétera



Es curioso ver cómo se habla de la situación políglota de nuestro país fuera de él, lejos de la politización que se ha hecho de este tema. Te encuentras con errores de concepto y desconocimientos bastante graves, y en buena medida nuestros “bien amados” políticos tienen la culpa de ello.
Por eso, intentando como siempre encontrar más preguntas que responderlas, le he tirado de cabeza hacia uno de los temas más falsamente polémicos de nuestro país. La multitud de lenguas.
Porque cualquier persona que empiece a estudiar idiomas entiende, a partir de cierto momento, que la lengua no es sólo un instrumento para la comunicación, sino que además tiene una influencia y es resultado de una cultura. Aprender una lengua es entender un poco mejor a otros distintos a nosotros, conocer nuevos puntos de vista y de algún modo volvernos más tolerantes y sabios.
Por ello, y como inicio de esta entrada, quiero dejar claro mi opinión. La multitud de lenguas en España es una de sus riquezas más importantes, desde el punto de vista que un país con cuatro lenguas oficiales, que son todas originarias del mismo y no provienen de colonizaciones extranjeras, con dos orígenes distintos (uno de ellos desconocido), debería ser un país rico en cultura, tolerancia y sabiduría.
Pero no lo es.
La culpa de ello la tienen el pasado, la politización, la demagogia y el radicalismo. Cuatro jinetes que han pisoteado con sus cascos un posible acervo cultural extraordinario y único, y que por el contrario han llevado a una situación de descontento, ira y malestar de las que, desde el punto de vista del que lo mira desde aquí en la diáspora, no tienen mucha solución.
Pero no porque algo no parezca tener solución significa que no la tenga. Porque yo no vaya a encontrar la solución no significa que no lo vaya a intentar. Porque de las cenizas avergonzadas de mi intento a lo mejor alguien saca la herramienta que necesita, purificada y refinada, para llegar a conseguirlo.
Empecemos bien con una definición que no todo el mundo tiene clara: no es lo mismo lengua, dialecto o acento.
Acento es una forma oral regional de un idioma, que no es más correcta o incorrecta que otra, simplemente es distinta y evidencia una evolución del mismo que es necesaria para su progresión. No existe un acento perfecto o correcto, existe un acento más cercano o más lejano a la transcripción fonética, y quien no quiera ver esto que se tape los ojos, porque es a través de los acentos que la lengua progresa y busca su camino hacia expresiones más efectivas y ricas.
Dialecto es una modificación de una lengua por condiciones locales que contiene suficientes diferencias con la lengua origen como para ser considerado una entidad diferente sin que cumpla las condiciones necesarias para ser considerado una lengua.
Lengua es aquella que tiene hablantes, literatura y gramática. Lengua oficial es aquella aceptada por las instituciones de un estado, y si bien en Luxemburgo la lengua original es el luxemburgués, las lenguas oficiales son también el francés y el alemán.
En España tenemos cuatro lenguas oficiales, el Catalán, el Gallego, el Euskera y la cuarta de la discordia, la segunda lengua de hablantes en el mundo tanto en la categoría de primera como de segunda lengua, aquella que unos llaman Español y otros Castellano y al parecer llamarlas de una forma u otra tiene cierto tinte político de cuyo nombre no quiero acordarme.
Escribo esta entrada ANTES de publicar la entrada sobre el cambio de nombre del blog, y un poco en previsión de lo que pueda ocurrir, dejo claro que el usar uno de los dos nombres para el idioma (español) estuvo motivada sobre todo por una cuestión estética: me permitía añadir más eñes y, por lo tanto, reforzar el mensaje.
Porque es cierto que tras un tiempo interesado en cuál de las dos formas de llamarlo debería usar, acabé con la conclusión que usar uno u otro es una tontería absoluta y politizar algo tan sencillo como el nombre del idioma era un síntoma de la estulticia política de nuestra España. Así que decidí voluntariamente olvidar qué grupo político apoya qué denominación y usar ambas indistintamente.
El punto es que se discute mucho sobre el idioma a usar en según qué regiones. Y hay un origen histórico en este asunto con cierto personaje que, entre tantas estupideces, decidió prohibir el uso de ciertas lenguas por vaya usted a saber qué razón de eso de las dos Españas que debería estar ya enterrado y no lo está.
Porque a alguien le conviene.
Yo no pertenezco a ninguna de las dos Españas, yo pertenezco a Europa. Pero no la Europa de la Merkel que intenta dominar el Mundo (como estoy en la frontera, desde aquí puedo escuchar cómo se martillea en la forja del Anillo de Poder que la canciller ha ordenado fabricar a sus esclavos gnomos con el oro del Rhin).
Pertenezco a una Europa que aún no existe, una Europa que no levanta fronteras entre sus países sino que se abre. Un Estado Federal lleno de Regiones que, orgullosas de su origen y pasado, miran a un futuro en el que entre todos construyamos una moneda fuerte, una economía resistente, una educación homogénea en lo alto y una justicia equitativa. Vamos, que vivo en una utopía absoluta.
Al menos me libro de vivir en la distopía en la que nos encontramos.
En ese Estado que no existe, cada Región puede construir su cultura a partir de la lengua que escoja, y permite a los ciudadanos escoger segundas y terceras lenguas dentro de una gama increíble.
Y es que pocos se plantean una cosa: fuera de debate de la obligación o no de estudiar una lengua oficial de un estado en ciertos territorios, nadie se cuestiona la ausencia de oportunidad de estudiar otras lenguas oficiales FUERA de esos territorios.
Como andaluz, nunca se me ofreció estudiar gallego, catalán o euskera, lo que quiere decir que es una discriminación con respecto a los ciudadanos de otras regiones de mi propio país.
Nunca he escuchado a nadie plantear esta cuestión desde este punto de vista, porque estamos tan politizados en el asunto nacionalismo vs no nacionalismo que ni nos imaginamos esa posibilidad. Acceder a otras culturas dentro de nuestro propio país, negadas porque alguien ha decidido usar esa cultura como arma arrojadiza o red caza-votos.
Ningún andaluz se plantea aprender gallego, por ejemplo. Y, mire usted por donde, si yo hubiera tenido como segunda lengua el gallego ahora podría aprender más fácilmente el portugués, lengua de nuestros vecinos y de uno de los países emergentes de Sudamérica. Si yo supiera catalán, mucho del esfuerzo que he dedicado a aprender francés y del que debería dedicar para aprender italiano se reducirían, porque en cierto sentido es una lengua que funciona bien como “puente” por mera proximidad cultural. El euskera, como lengua de origen desconocido, es una llave a un esquema de pensamiento al que yo no puedo acceder, englobado por la herencia del latín como estoy.
No Existe El Idioma Cuyo Aprendizaje Sea Inútil porque ya no hablamos en términos absolutos de número de hablantes y de utilitarismo capitalista, hablamos de ser un ser humano lo mejor posible y de alcanzar respuestas lo más universalizables posibles.
Porque, señora/es, estamos en la era de internet y todo lo que se escribe en un blog puede ser consultado en (casi) cualquier rincón del planeta. Intentar llegar a la mayor cantidad de gente posible con tu mensaje debe ser el objetivo.
Y si puedes acceder a la fuente de comprensión humana que es una nueva lengua, tienes llaves para todas las puertas que te encuentres.
Pero no, oiga, que esta lengua es de este rinconcito y además vamos a usarla como propaganda y si habla la lengua “x” hay que defenestrarlo (y la simple sustitución de esa “x” por una u otra lengua le dará al lector la orientación política del discurso).
Antes de acabar, un mero inciso como consejo sobre la educación y su ausencia. Hablar más de una lengua es maravilloso. Reivindicar tus lenguas natales, sean una, dos, tres o quince es precioso y estoy a favor de ello. Usar una lengua que una de las personas con la que estás no conoce, existiendo una lengua común que todos conocen, es una falta de educación. No es política, no es derecho, no tiene nada que ver con tus sentimientos (lógicos y admirables) de amor por lo tuyo. Es simplemente una falta de educación enorme, una falta de respeto que te degrada como ser humano.
Y es más frecuente de lo que parece. Me he tenido que encontrar con la situación de forzar a hablar inglés porque uno de los compañeros era japonés y no tenía ni idea de francés, que era la lengua natal para el resto.
Eso está muy feo, que te diría tu abuela.
Haciendo eso sólo conseguiremos mantener cerradas unas puertas que no debieron nunca existir, y que ya es hora de abrir, porque dentro huele a cerrado y si no se airea salen humedades.

miércoles, 11 de marzo de 2015

¿Por qué El Ministerio del Tiempo debe renovar? 6 razones

Twitter habla, y el Mundo escucha. Los medidores de audiencia son reliquias de otro tiempo, una forma imperfecta y anticuada para medir el éxito en televisión, en una época en la que el porcentaje mayor de público no ve la televisión sino que busca sus contenidos por internet, en sus portátiles, sus tablets o sus móbiles 4G.

El Ministerio del Tiempo, serie que dio a luz en un país con la mosca detrás de la oreja pensando ver una versión descafeinada de dr Who, en tres capítulos ha creado una legión de superfans diabólicos capaces de crear contenido basado-en a una velocidad sobrehumana.



Memes, fotomontajes, tweets y todo lo que usted quiera, oiga.
Se hacen llamar Ministéricos.

Y TVE se plantea si es rentable renovarla.

Entiendo que el país no pasa por su mejor momento económico, y la televisión pública no tiene el fondo publicitario para poder soportar grandes gastos, pero vamos a ser sinceros, en la época del merchandising y de la compra de series en Blu-Ray en edición coleccionista de lujo superguay, no va a ser la audiencia la que dé una noción de la rentabilidad. Es el fandom.

Pero si eso no le parece poco a TVE, les daré razones de tal peso que, si algún directivo acaba leyendo esto, renovará la serie por otras tres temporadas más y planteará crossovers con DrWho, Game of Thrones, Sherlock y El Tiempo Entre Costuras.

1. El Ministerio del Tiempo ENTRETIENE. Parece de perogrullo, pero es lo fundamental en una serie. Estamos hablando de productos de entretenimiento y si no alcanza ese objetivo básico, apaga y vámonos a ver videos de youtubers. Pero no, el Ministerio es una serie entretenida, que engancha. Y a base de bien.

2. El Ministerio del Tiempo ENSEÑA. Si hace un mes le pregunta usted a cualquier andoba por la calle quién es el Empecinado, seguramente le respondería que el Paco del tercero A, que está empecinado con que el Atleti gane la liga. Eso si sabe lo que significa la palabra empecinar. Pero ahora el Empecinado tiene cara, la Armada Invencible tiene cuerpo, nuestra historia se infiltra de forma subconsciente a través de las tramas de forma sutil. No nos meten la historia con calzador, sino que nos la enseñan en un formato divertido. Y empezamos a reconocer a nuestros personajes, lo que nos lleva a...

3. Lope de Vega es Trendic Toppic. Wtfismo a la enésima potencia, nuestros literatos abordando cuales piratas las redes sociales y tomándolas al asalto. Gracias al buen hacer del guión y del actor, descubrimos a nuestros famosos de otras épocas y empezamos a comprender por qué son famosos. "Por Dios, si parece una serie española de televisión", dice Velázquez.

4. El Ministerio del Tiempo es graciosa. No es tan fácil, el humor es una cuestión muy complicada y es demasiado fácil caer en el chiste tonto o en la gracieta sin gracia. Esta serie no lo hace, y por ello triunfa.

5. El Ministerio del Tiempo es EXPORTABLE. Y no digo ya el formato, que por supuesto que sí porque tras su simpleza se esonde una genialidad de idea (agentes del tiempo como funcionarios, funcionarios de todas las épocas, retrofuturismo y steam-punk y la Liga de los Españoles Extraordinarios), sino que tal y como está, doblada a otros idiomas, es una serie magnífica por lo exótico que es el contexto español fuera de las fronteras. Es nuestra historia, son nuestros personajes, y para los que no han crecido aburriéndose en historia con ellos, es de un exotismo y de una frescura inconmensurables. Y además eso es rentable económicamente.

6. Y la más importante. Yo, como tantos otros, he tenido que coger la maleta e irme fuera para buscar mi sitio. Estoy en un sitio lo más distinto a mi tierra que he podido encontrar en este continente. Me paso el día rodeado por un idioma y una cultura que no son las que me han criado.
Y que nadie se engañe, eso me encanta por lo enriquecedor que es. Pero la morriña está ahí.
Pues durante los minutos que dura la serie, durante los minutos que viajo en el tiempo con los funcionarios, me siento de nuevo en casa. Y no quiero perder ese cachito de hogar que tengo cada semana.

Por eso, soy Ministério. Por eso, TVE, renueva El Ministerio del Tiempo.

viernes, 6 de marzo de 2015

La Princesa Hamburguesa (1)





La Princesa Hamburguesa no era la muchacha más hermosa del Reino, ni falta que le hacía, pensaba ella. Tampoco era la mujer más inteligente. Puede que sí fuera la princesa más inteligente, o al menos la más sensata, pero ella se comparaba con Marie Curie y se daba cuenta de que le quedaba mucho camino para ser la mujer más inteligente.

                Era una muchacha normal que, por casualidades del Mundo de los Cuentos de Hadas (que tienen una serie de reglas propias particulares), resultaba ser princesa.



Princesa Hamburguesa no era su nombre, evidentemente. Era el apodo que le habían puesto las otras princesas en la Escuela de Princesas. No porque estuviera hecha de carne picada, porque estaba hecha de carne normal como todo el mundo; ni porque comiese muchas hamburguesas, que en realidad no le gustaban demasiado.

                La cuestión es que una de las otras princesas había descubierto que entre los orígenes de la Princesa Hamburguesa había una rama que provenía de Hamburgo, y de ahí a descubrir lo gracioso de la rima y las posibilidades del apodo no hubo mucho esfuerzo.



Era difícil para la Princesa Hamburguesa entender por qué las otras princesas encontraban tan divertido insultarla y llamarla así. Ella no era particularmente buena en los estudios, pero tampoco particularmente mala. No era más bonita que la Princesa Hermosa ni tenía más estilo que la Princesa Elegante, lo que le hacía pensar que no era una cuestión de envidia, como le decía su madre. No hablaba mal de sus compañeras a los profesores, ni pedía que adelantaran exámenes, ni decía que ella tenía los deberes hechos cuando las otras princesas aseguraban por las barbas de Merlín que la profesora no había mandado ningún ejercicio.

                No era tanto algo que ella hiciera, era algo que ella no hacía y que ponía de los nervios a las otras princesas, aunque no se dieran cuenta de ello. Y es que las princesas necesitan que les halaguen constantemente. En algunos reinos, la figura del Halagador de la Princesa tiene tanta importancia y privilegios como la del Mago Real y la del Probador de Venenos, que ya es decir. Y no es un trabajo fácil, porque las princesas son de natural caprichoso y lo que hoy puede ser el mejor halago de la historia mañana está tan pasado de moda que es un insulto.

                Y recordemos, un insulto a una princesa es un crimen de Estado y se condena con la muerte por decapitación.

                Como ya he dicho, las reglas del Mundo de los Cuentos de Hadas son muy particulares.



La Princesa Hamburguesa, por el contrario, tenía un defecto terrible: era incapaz de mentir. O al menos de mentir bien. Así que si la Princesa Hermosa llegaba con un nuevo peinado que era exactamente igual que el del día anterior pero unas mil monedas de oro más caras, la Princesa Hamburguesa no le decía que estaba más hermosa que nunca, cosa que sí le decían las otras princesas.

Por supuesto, la Princesa Hermosa necesitaba que le dijeran que estaba más hermosa que nunca con el nuevo peinado, porque le había costado mil monedas de oro más de lo habitual y su padre, el rey, había puesto mala cara por tener que desviar una parte de los fondos destinados a mejorar las carreteras hacia el peluquero real de esa semana. Tenía que estar segura de que había una justificación real para su insistencia y para el hecho de que la mitad de sus súbditos se siguieran partiendo la crisma de camino al mercado.

Pero cuando le preguntaba a la Princesa Hamburguesa si le gustaba su nuevo peinado, en lugar de decir “estás más hermosa que nunca”, le decía “te queda bien, es muy de tu estilo”. Que era lo más cercano a mentir que podía hacer.
Poco a poco las otras princesas excluían a la Princesa Hamburguesa, que cada vez se sentía más cómoda con su apodo, ya fuera porque era sonoro y rimaba, porque le recordaba parte de su origen y eso siempre hace sentir bien (aunque no estuviera muy segura de dónde poner “Hamburgo” en el mapa, la verdad) o por simple costumbre.